Anuario 2004

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El descrédito de la invasión de Irak copa el protagonismo de un año centrado en las elecciones
Una economía enferma que recupera las constantes vitales

El tan manido tópico que reza que cuando EE UU estornuda Europa se resfría puede aplicarse, por enésima vez, a la situación económica que han presentado las cuentas del mayor y único imperio de principios de siglo. Sin embargo, desde Washington se apunta una mejora. Según el pronóstico oficial realizado cada año por la Casa Blanca, el crecimiento del producto interior bruto (PIB) en 2005 será de 3,5%, superior al 3,4% de 2004. Además, el índice de inflación bajará al 2%, después de situarse en 2004 en un 3,4%, sobre todo, por los altos precios del petróleo. Finalmente, el desempleo, uno de los temas que más veces se repitieron durante la maratoniana campaña electoral, descenderá al 5,3%, 0,2% inferior al de 2004.

No obstante, la situación puede agravarse si, finalmente, Bush avanza con su plan de reforma de la Seguridad Social, tal y como prometió durante su campaña electoral. En su discurso radiofónico del sábado 11 de diciembre, el presidente avisó del “peligro que se avecina” si se mantiene el sistema actual de Seguridad Social, que otorga rentas a los jubilados y a los aquejados de invalidez. De seguir así, Bush aseguró que peligran los beneficios “para nuestros hijos y nietos”. La propuesta del presidente pasa por permitir que los trabajadores jóvenes destinen parte de sus cotizaciones a la Seguridad Social a las llamadas “cuentas individuales de jubilación”. Con esta privatización parcial de los fondos de retiro, las arcas del Estado dejarían de ingresar parte de los sueldos de los trabajadores jóvenes, que actualmente abonan un 12,4% de sus nóminas. Esta situación es la más preocupante, puesto que muchos expertos opinan que, de aplicarse la reforma, dejarían de recaudarse más de dos billones de dólares en los próximos diez años. No obstante, Bush se afanó en asegurar que no aumentarían los impuestos sobre la renta para solucionar el problema.

Esta pérdida de ingresos se sumaría a la deuda que arrastra EE UU, la mayor en su historia, que alcanza los 7,5 billones de dólares. Además, el cierre del ejercicio de 2004 arrojará otros datos igualmente preocupantes, ya que el déficit fiscal se situará, al cierre de este año fiscal, en la cifra récord de 413.000 millones de dólares.

En el presupuesto para 2005, presentado por Bush ante el Congreso en febrero de 2004, se promete una reducción del déficit fiscal, que, según los pronósticos, quedaría en torno a los 364.000 millones de dólares. Además, se prevé un aumento del gasto en defensa y en seguridad, así como varios recortes, siendo el más amplio el del 8,1% que afectaría al Departamento de Agricultura. También verían menguar su presupuesto, entre otros, la Dirección de Protección Ambiental y la Dirección de Pequeñas Empresas.

A pesar de los recortes y de la confianza de la Administración norteamericana en reducir el déficit, la situación actual no permite vislumbrar una mejoría. El estornudo de EE UU, y que puede resfriar a Europa, es el índice de “déficit gemelo” que presenta el país, considerado como “insostenible” por el ex presidente del Banco Central Europeo, Wim Duisenberg, quien, además, considera que puede convertirse en un freno para la recuperación de la economía mundial. El déficit fiscal para 2004 se acerca al 4% del PIB, es decir, EE UU gasta más de lo que recauda en forma de impuestos, mientras que el déficit por cuenta corriente está en torno a un 6%, lo que se traduce en que EE UU importa más de lo que exporta. En este sentido, el “déficit gemelo” ha tenido una gran importancia para la depreciación del precio del dólar frente al euro, sobre todo, y frente a otras monedas como el yuan chino. Sin embargo, la debilidad del billete verde norteamericano también puede ser beneficiosa, ya que el modo de reducir el déficit comercial pasa por atraer inversores, y qué mejor manera que con un dólar bajo, que favorezca las exportaciones de productos norteamericanos al exterior.

Como medida de choque ante la flaqueza del dólar, el presidente de la Reserva Federal (FED, en su acrónimo inglés), Alan Greenspan, aplicó, a mediados de diciembre, una subida en los tipos de interés, dejándolos en un 2,25%. Sin embargo, hasta junio, Greenspan mantuvo los tipos al nivel más bajo en los últimos 45 años, con lo que favoreció que los consumidores estadounidenses pudieran conservar un alto nivel adquisitivo. Así, pudo mantener el índice del consumo, que en EE UU representa casi el 70% del crecimiento económico. Con la subida del precio del dinero, iniciada en junio y revisada hasta en cinco ocasiones, los tipos de interés se situaron en un 2,25%: de este modo, la Reserva Federal devolvía el precio del dinero a un nivel en el que se pudiera controlar la inflación sin cercenar el crecimiento de la economía.

A pesar de los intentos de la FED para reflotar la mayor economía mundial, ésta se ha encontrado con dos lastres que, poco a poco, parece que van pesando menos. El primero, el desempleo, que se mantiene en un 5,5%, un porcentaje de crecimiento insuficiente en un país en el que, anualmente, 150.000 personas acceden al mercado laboral. El segundo, el petróleo. La sempiterna crisis de Irak, sobre todo, y las cada vez más difíciles relaciones con Arabia Saudí -exportadora del 25% del crudo del planeta-, pusieron, a mediados de agosto, el precio del barril en un tope histórico cercano a los 55 dólares en la Bolsa de Nueva York.

Precisamente, el precio del crudo provocó un hecho insólito en los parqués de todo el mundo, ya que mientras las bolsas europeas registraban subidas, las norteamericanas se estancaban o, incluso, presentaban sensibles pérdidas. Pero en septiembre, el barril de petróleo empezó a bajar su precio, lo que favoreció que las bolsas de ambos lados del Atlántico registraran subidas. Así, Wall Street cerró diciembre de 2004 con un aumento de 102 puntos, ocho más de la previsión realizada por los analistas. En este sentido, la compañía de tarjetas de crédito Mastercard informó que durante los días previos a las vacaciones navideñas, los estadounidenses gastaron 60.000 millones de dólares, un 13% más que en el mismo periodo del año anterior.


 


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