Anuario 2004

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El descrédito de la invasión de Irak copa el protagonismo de un año centrado en las elecciones
Las elecciones polarizadas y el influjo del “arquitecto” Karl Rove

Cuando George Bush y John Kerry mantuvieron la primera conversación una vez resueltas las elecciones, fijaron como medida urgente acabar con la fuerte polarización creada durante la maratoniana campaña electoral. La existencia de dos Américas ya se preveía en las innumerables encuestas previas al 2 de noviembre. En el mapa electoral de EE UU, con los estados pintados de rojo o azul según su voto, destaca a primera vista que los estados que apoyan al Partido Republicano son los del interior, mientras que los que votan demócrata son los situados en las costas oeste y noreste. Algunos analistas han considerado que esta polarización se debe a la proximidad de los estados al agua, ya sea del mar, de los ríos o de los Grandes Lagos. Esta división geográfica, se corresponde, también, con dos clases de sociedades: los cosmopolitas liberales, afines a la ideología demócrata, o los agricultores conservadores, afines a la republicana. Estos dos modelos diferencian al estadounidense que vive en una gran ciudad y al que lo hace en pueblos del interior. Como afirma el demógrafo de la Institución Brookings, William Frey a The New York Times, “en las ciudades portuarias viven minorías, gente joven que busca pasar allí sus años de soltería, así como elites con cultura universitaria y medios económicos que pueden permitirse residir en las mejores ciudades”. Por esta razón, en las ciudades portuarias existe una fuerte bolsa de voto azul demócrata. En años pasados, los demócratas eran propietarios de fábricas que daban trabajo a miles de personas de los estados costeros. Pero el cierre de muchas de estas empresas hizo que mucha gente migrase hacia estados del interior, y con ellos, su intención de voto. Este fenómeno ha provocado dos sociedades que viven flujos de crecimiento distintos, ya que las grandes ciudades como Chicago, San Francisco o Boston han descendido en número de habitantes, mientras que las ciudades interiores de la llamada “América profunda”, como Fort Worth o Phoenix, han hecho lo contrario. Es en el interior de EE UU, la parte del país con mayor crecimiento demográfico, donde los republicanos consiguen gran parte de su bolsa de votos. En la franja central viven los descendientes de los escoceses e irlandeses que llegaron a Norteamérica en el siglo XVII, que, según declara el ex secretario de la Armada, James Webb, a The New York Times, “siempre han desconfiado de las elites y aristocracias”. El interior de EE UU tiene la agricultura como principal fuente de ingresos; la iglesia, como centro de la comunidad; y el crear y consolidar una familia, como objetivo. Este amplísimo espectro social es el que apoya a Bush, y éste, les devuelve la moneda con medidas como la de 2002, año en que incrementó las ayudas a la agricultura en un 64%. A todo habitante del interior de EE UU, Bush le ha querido trasladar sus valores, que, según él, reflejan la idiosincrasia del americano medio, al que preocupaban mucho más la permanencia de los valores morales americanos que otros temas como Irak, la seguridad o la economía. Así, muchos de los votantes republicanos expresaron su aprecio por Bush por su transparencia, su liderazgo o su fe religiosa. En cambio, los votantes de Kerry veían en el senador de Massachussets otras características, como la inteligencia o la compasión.

El día de las elecciones no sólo se votaba el presidente y la configuración del Congreso. También se celebraron referéndum en once estados para legitimar, o no, los matrimonios entre homosexuales, y para dotar de más recursos a la investigación con células madres. Del primer asunto, fueron los once estados en discordia los que se opusieron a reformar la Constitución para que ésta aclarase que el matrimonio sólo puede llevarse a cabo entre un hombre y una mujer. El estado en que la elección estuvo más reñida fue Oregón, uno de los estados costeros del Pacífico donde ganaron los demócratas. Respecto a dotar de más recursos a la investigación con células madre, los votantes de California, estado donde se votaba la medida, aprobaron la dotación de 3.000 millones de dólares para este fin. En este tema destacó la actitud de personajes como Nancy Reagan, opositora de este tipo de investigación hasta que su marido, Ronald, murió de Alzheimer.

Este interés de Bush por identificar sus ideales con los de la derecha norteamericana, y por situarse lejos del liberal y aristócrata Kerry fue idea del jefe de campaña republicano, Karl Rove, quien promovió que el debate preelectoral gravitara en torno a las tres G, God, Gays, Guns (Dios, gays y armas), y las dos F, Family y Faith (familia y fe), situándolos, incluso, muy por encima de los temas de Irak, la seguridad nacional o la crisis económica. Y es que EE UU es un país en el que el 60% de la población asegura que la religión es muy importante en sus vidas, y el 30% acude al menos una vez por semana a algún oficio religioso. Además, siete de cada diez estadounidenses consideran que su presidente debe tener fuertes convicciones religiosas.

Con la identificación Bush-valores morales, Rove motivó a los cristianos evangélicos y “renacidos” -entre los que destaca el propio presidente- para que acudieran a las urnas. Este llamamiento motivó que cuatro millones de personas de este credo fueran a votar, a diferencia de lo sucedido en 2000. Según un estudio de Associated Press, el 23% de los votantes fueron evangélicos. De este grupo, casi un 80% votó republicano. Otros datos constatan el apoyo de los sectores religiosos a Bush: un 52% de católicos romanos le votaron, a pesar de que Kerry era el primer candidato católico a la presidencia desde John F. Kennedy. Consciente de que no tenía el apoyo de los sectores religiosos, el equipo de campaña de Kerry optó por convertir a un liberal de Massachussets en un católico cuya vida se centra en su fe y la familia. Así, el demócrata no olvidó cerrar la última intervención de su primer debate con un “Dios bendiga a Estados Unidos”, y publicó una web con un nombre inequívoco Kerrysharesourvalues.org (Kerry comparte nuestros valores).

Rove amplió la base de apoyo a Bush con la población suburbana, los demócratas blue-collar (trabajadores) y la población rural. Asimismo, estuvo cerca de igualar el voto entre las mujeres y los hispanos. Entre los religiosos, también los católicos prefirieron a Bush sobre Kerry, un católico pro abortista. Para evitar que los votantes católicos se decantaran por el lado demócrata, Karl Rove, al que Bush definió en su discurso recién ganadas las elecciones como “el arquitecto de la victoria”, utilizó subterfugios para desacreditar, incluso con falacias, la imagen de Kerry. Sin embargo, estas técnicas no le eran en absoluto desconocidas.

Para el “arquitecto” no fue difícil mancillar a Kerry, hurgando donde más flaqueaba: que si era un liberal a ultranza, refinado en exceso, sometido a Europa, y sobre todo, que si era un veleta o flip flop, palabra americana para definir a aquél que cambia constantemente de opinión. Rove también estuvo, presumiblemente, detrás de la campaña de difamación contra el pasado del demócrata en Vietnam. Autoconsiderado héroe, Kerry utilizó su paso por esa guerra para presumir de patriotismo. Pero Rove supo tergiversar la situación y promovió, junto a la asociación Veteranos por la Verdad, la difusión de un vídeo en el que se tilda a Kerry de traidor. Acto seguido, desde el núcleo demócrata se dejó de hablar de Vietnam. Aunque Rove siempre negó su vinculación con estos veteranos, se ha demostrado que éstos se sufragaron gracias a las donaciones del magnate tejano Bob Perry, donante habitual en las campañas de los Bush y amigo cercano de Rove. El actual jefe de campaña republicano, reconocido por amigos y enemigos como uno de los grandes estrategas políticos de la década, empezó su carrera como asesor de Bush padre, para pasar después a ayudar a W en la misión de hacerse con el cargo de gobernador de Texas. Para muchos, el papel de Rove en la carrera política de Bush hijo ha sido clave, allanándole el camino y desacreditando, uno por uno, a todos los rivales que se le han puesto por delante. Por ejemplo, en las primarias de 2000 para escoger candidato republicano a las presidenciales, Karl Rove creó el mensaje oportuno para insinuar que el rival de Bush hijo en esas elecciones internas, John McCain, había sufrido serios problemas mentales durante su reclusión en una cárcel de Vietnam. De este modo, cambió la visión heroica que quería dar de sí mismo McCain, por una visión que le apartaba de la carrera electoral. Algo parecido hizo con la rival demócrata para gobernador de Texas, Ann Richards, a la que Rove y la maquinaria republicana tacharon, implícitamente y sin fundamento, de lesbiana.

Con la llamada a filas de los cristianos evangélicos, y con la extrema polarización que vivía el país, se preveía una alta participación, como así fue. El 2 de noviembre, más de 121 millones de estadounidenses acudieron a las urnas, lo que significa un 59% del censo total. Estos datos, muy alejados de 51,3% de 2000, llevaron a Bush a ser el candidato que accedía a la Casa Blanca con más votos populares. Para encontrar un índice de participación tan alto, cabe remontarse a 1968, año en que votó un 62% del censo total. Curiosamente, aquellas elecciones coincidieron con la guerra de Vietnam. Estos datos constatan dos cosas: una, que los norteamericanos acuden en mayor número a las urnas cuando el país está en guerra; de ahí que tanto Bush como Kerry, se postularon ante sus votantes como candidatos a comandante en jefe. El otro hecho es la ruptura de la ecuación a más votantes, más posibilidades de cambio. Esta fue una de las grandes bazas y esperanzas demócratas, aunque la, a menudo, sibilina labor de Rove se encargó de tirarlas por el suelo.

Pero la polarización existente no se plasmó sólo en la población, sino que saltó a otros ámbitos, como es el de los medios de comunicación y los fenómenos mediáticos. En EEUU es normal que los diarios apoyen en sus editoriales a uno u otro candidato. En las elecciones de 2004, según informaciones de los partidos, 229 medios escritos apoyaron a Kerry, por 134 que respaldaron a Bush. El origen de los periódicos da un dato fehaciente sobre la polarización que vive el país, tanto en el ámbito geográfico como en el social. Los medios que abogaron por la reelección del presidente se editan en el interior de EE UU, y, desde las filas republicanas, se destacó que muchos de estos medios pertenecen a estados indecisos. Por su parte, John Kerry recibió la bendición de los medios más influyentes y prestigiosos a escala mundial. En este grupo se incluyen rotativos como The New York Times o The Washington Post, o como La Opinión de Los Ángeles o La Prensa de Nueva York, que son diarios destinados al público hispano. Desde las filas demócratas se hizo especial mención a periódicos como el Orlando Sentinel o el Bangor Daily News, que no apoyaban a un candidato demócrata desde hacía 40 años y desde el siglo XIX, respectivamente. A pesar de que muchos de estos medios de enjundia apoyasen a Kerry, la noticia no era tan buena como podía parecer para los demócratas, ya que en el interior de EE UU se lee mucho más los periódicos locales que los prestigiosos diarios venidos de las costas.

Al enfrentamiento entre medios, debe añadirse la profusión de libros y documentales sobre uno u otro candidato. En este sentido, destacan los firmados por Kitti Keller, La Familia, en el que traza una historia, a menudo poco comprobada, de la dinastía de los Bush desde los tiempos del abuelo del actual presidente, Prescott. En contra de este libro apareció el de Tommy Franks, jefe de la campaña en Irak, llamado American Soldier. La guerra mediática no sólo se libró en el terreno de los libros. También en el campo audiovisual hubo enconadas batallas, las más virulentas dirigidas por el “soldado”, presuntamente demócrata, Michael Moore. El obeso director presentó su Fahrenheit 9/11, en el que hace un duro alegato contra la Administración Bush a la que acusa de tener conexiones financieras con la familia Bin Laden de Arabia Saudí. Además, pone de relieve la ineptitud del presidente para dirigir los destinos del país. A colación de Fahrenheit 9/11 salieron nuevos documentales en los que se criticaba la gestión de Bush. Uno de ellos fue Uncovered: The War on Irak (Descubierto: La guerra de Irak), que arrasó en el campo del DVD y que explicaba minuciosamente cómo el Gobierno de Bush manipuló a la opinión pública respecto a las armas de destrucción masiva de Sadam. A favor de los republicanos, apareció Honor robado: heridas que nunca sanan. Este documental, producido por Carlton Sherwood, un veterano de Vietnam y ex periodista del diario conservador The Washington Times, lanza una dura diatriba contra Kerry, al que acusa de traicionar a sus compañeros durante la guerra de Vietnam.

A todo ello se sumó Hollywood y los personajes de la farándula. Muchos actores y actrices mostraron públicamente su decisión de votar a Kerry, o de revalidar la confianza en el presidente Bush. Entre los que apoyaron a Kerry, destacan el matrimonio Sean Penn-Susann Sarandon, George Clooney o Matt Damon. A ellos, se les añade cantantes como Bruce Springsteen, REM o Moby, quienes impulsaron la gira Vote for Change (Vota por el cambio) en la que pedían el voto a favor de Kerry. Bush no se quedó atrás y cosechó también apoyos entre los personajes públicos, como la cantante Britney Spears, o los actores Mel Gibson, Bruce Willis, Clint Eastwood y, cómo no, el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger.


 


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