Anuario 2004

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El resurgir del PRI y la carrera para las elecciones de 2006 lastran la gestión de Fox
La Chiapas “no violenta” apunta una ligera mejora

La situación en Chiapas -estado situado en el sudeste de México- sigue estando en aparente calma, aunque es notoria la presencia en la zona de grupos paramilitares amparados por el Ejército Federal, de policía federal, y de grupos simpatizantes de uno u otro partido. Todo este conjunto de individuos han mantenido, durante 2004, algunos enfrentamientos con la comunidad indígena -que representa un 27% de la población del estado sureño-.Por ejemplo, los que enfrentaron a militantes afiliados al Partido de la Revolución Democrática (PRD) con 4.000 zapatistas que se manifestaron de forma pacífica por la escasez de agua en el municipio de Zinacantan. El día siguiente, un once de abril, 484 zapatistas se vieron obligados a abandonar tres municipios de la zona, ya que simpatizantes perredistas destrozaron sus casas y saquearon sus pertenencias.

Sin embargo, a pesar de estos brotes de violencia, uno de los mayores expertos en la zona, el periodista de La Jornada Hermann Bellinghausen, explica que la situación actual en Chiapas está mejor ahora que hace once años, ya que “decenas de municipios autónomos han moldeado una manera alternativa de vivir, sin el uso de la fuerza ni la violencia, y con un limitado uso del dinero”. Esta idea la apoya otra periodista, Concepción Villafuente, que explica que “la autonomía zapatista avanza en silencio". En este sentido, Villafuente comenta que en Chiapas se imparte justicia en zonas "donde no hay cárceles, pero sí presos". Bellinghausen califica la situación en el estado como “milagrosa”, debido a que la inversión de la Administración central es más bien escasa. A pesar de esto, en los municipios autónomos de Chiapas ha sido posible la creación de clínicas, escuelas y casas de salud. Estas infraestructuras han contado, además, con el apoyo económico procedente de muchos extranjeros especialmente sensibilizados con la causa chiapaneca. Así, manufacturas típicas de Chiapas, como la producción de tejido o de zapatos, son posibles gracias a la colaboración de los llamados “zapaturistas”, activistas foráneos que visitan las comunidades rurales del sureste mexicano. Aunque más allá de obtener dinero procedente de la beneficencia forastera, lo que realmente ha ganado Chiapas fuera de México ha sido el cariño y la simpatía de muchos visitantes, potenciada, en parte, por toda la red de comunicación engendrada en este estado mexicano, ya sea a través de páginas en internet, o con poesía, literatura u otras formas de comunicación.

El mayor icono de la causa indígena es el subcomandante Marcos, un hombre que mezcla una donosura más que correcta, con un atuendo que aúna los misterios de la selva de Lacandona -donde habita- con la heroicidad de su causa. Un hombre siempre ataviado con pasamontañas, y con un walkie-talkie -para comunicarse con sus colaboradores en medio de la selva-, un pañuelo rojo -que se puso por vez primera el 1 de enero de 1994 cuando el EZLN tomó San Cristóbal de las Casas-, una linterna -para, según él, iluminarse en la cueva donde vive confinado-, y dos relojes, uno por cada muñeca -que empezó a utilizar el día del inicio de la insurgencia chiapaneca, uno, y el día que llegó a la selva de Lacandona hace 21 años, el otro-. La actividad pública de Marcos este 2004 ha sido más bien escasa, aunque la prensa internacional ha destacado que trabaja en la publicación de una novela, forjada a cuatro manos junto al escritor azteca Paco Taibo, que aparecerá, por capítulos y de forma semanal, en el diario mexicano Reforma. Según explica Taibo, aceptó la propuesta de Marcos por tratarse de una “locura”, y definió el sistema de comunicación entre ambos, que nunca se han visto las caras, como propio de una “película en blanco y negro de los años veinte”. Esta no es la primera colaboración de Marcos con un primera espada de las artes. En 2002 participó junto a Joaquín Sabina en la composición de la canción Como un dolor de muelas.

Por otro lado, Chiapas vivió, a principios de octubre, una jornada electoral en los 118 municipios que hay en el Estado. En doce de ellos se registraron algunos incidentes entre simpatizantes de varios partidos. La victoria fue para el Partido de la Revolución Institucional (PRI), con 56 alcaldías, seguido del Partido de la Acción Nacional (PAN), con 33, y por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), con 14.



Diez años después del alzamiento zapatista

El primero de enero de 2004 fue un día especial para la comunidad indígena de Chiapas. Para conmemorar los diez años de la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se celebraron, en unos actos iniciados en noviembre de 2003 hasta la segunda semana del año siguiente, todo tipo de eventos: conferencias, conciertos de rock, exposiciones de pintura y fotografía o pases de documentales, a los que acudieron personas venidas de todo el mundo. Toda esta avalancha de foráneos llegados a Chiapas tenían clara una consigna, exhortada por miembros del EZLN: “Hace diez años nos levantamos contra un Gobierno que decía que no existíamos y cuando hablamos nos quiso callar con sus cañones. Pero aquí estamos. Ni nos callamos ni nos fuimos”.

Así, diez años después, el lema que defiende el subcomandante Marcos ¬-un hombre que ha promocionado la causa chiapaneca de modo parecido a como lo hizo Yasser Arafat en Palestina¬- sigue vigente. Sus quejas radican en los fuertes desequilibrios existentes en Chiapas: mientras esta zona sureña del país generaba un 35% de la producción eléctrica de México, un 34% de su población no disponía de este servicio; mientras la zona es rica en recursos naturales, un 60% de sus habitantes sobrevivían con el salario mínimo; además, el 60% de niños en edad escolar no pueden asistir a la escuela, y sólo un 57% tenían acceso a agua potable. Estos datos de 1994, año en que se inició el movimiento insurgente, mantienen, hoy en día, una tendencia similar.

El primer día de ese año, un grupo de indígenas dirigidos por el subcomandante Marcos y que habían tomado el nombre de Emiliano Zapata, conquistó por la fuerza siete ciudades del estado de Chiapas entre las que destacaron San Cristóbal de las Casas, Las Margaritas, Altamirano y Ocosingo. Escoger el nombre de un revolucionario como Zapata para dar nombre al Ejército destinado a defender a los indígenas chiapanecos, respondía al deseo de identificarse con el líder revolucionario del México de principios de siglo, cuyo lema era “Tierra y libertad”, así como “la tierra es para quien la trabaja”. Las demandas de este ejército formado por campesinos no distaban en exceso de las del revolucionario azteca nacido más de un siglo antes: techo, tierra, trabajo, salud, educación, alimentación, libertad, independencia, justicia, democracia y paz. Pronto sus reivindicaciones pasarían a las primeras páginas de los diarios, y las simpatías de la comunidad internacional hacia este grupo de rebeldes irían en aumento. El movimiento chiapaneco contó, también, con el apoyo de muchos sectores de la sociedad mexicana: el 8 de enero de 1994, más de 10.000 personas se manifestaban en DF a favor de la causa emprendida en el sur del país. Precisamente, fue esa simpatía general la que obligó al Gobierno a decretar un alto al fuego, impulsado de forma unilateral, para poner punto y final a doce días de enfrentamientos que causaron 146 muertos -según cifras oficiales- o 1.000 -según el EZLN-.

La insurrección armada de Chiapas tuvo mucho de simbólica, puesto que se llevó a cabo el mismo día en que México firmaba su adhesión al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), un hecho que muchos veían como el definitivo acceso del país al llamado “primer mundo”.

 


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