Anuario 2005

Afganistán
Alemania
Arabia Saudí
Argentina
Armenia
Australia
Bangladesh
Bielorrusia
Bolivia
Brasil
Canadá
China
Colombia
Congo
Croacia
Cuba
España
Estados Unidos
Filipinas
Francia
Georgia
Gran Bretaña
Guatemala
Haití
India
Indonesia
Irak
Irán
Israel
Italia
Japón
Kenia
Kosovo
Líbano
Macedonia
Malasia
México
Nepal
Nicaragua
Nigeria
Noruega
Pakistán
Palestina
Perú
Polonia
República Dominicana
Rumania
Rusia
Serbia
Somalia
Sudáfrica
Sudán
Tailandia
Taiwán
Tayikistán
Turquía
Ucrania
Uzbekistán
España
La revisión del modelo autonómico encona la discusión política y provoca la reaparición de viejos fantasma
La política exterior cambia de rumbo

Enfrentados en casi todos los terrenos, PSOE y PP no podían dejar la política exterior de lado. 2005 ha significado la consolidación del cambio de rumbo iniciado con la primera decisión de Zapatero al ser nombrado presidente del Gobierno: la salida de las tropas españolas de Irak. Esto provocó un muy notable distanciamiento con el Gobierno norteamericano del presidente republicano George Walker Bush, molesto por la rapidez de la decisión y por no haber sido consultado previamente. Así es que las relaciones con la primera potencia militar, política y económica del mundo se han visto seriamente afectadas. De poco parecen haber servido el despliegue de más efectivos en Afganistán, el otro gran frente de la “Guerra contra el Terrorismo”, o la colaboración de la policía española en la desarticularización de supuestas redes de terrorismo islamista en España.

En Afganistán, tropas españolas participan en el mantenimiento de la paz, y fue allí donde 17 soldados murieron el 16 de agosto en un accidente de helicóptero. El suceso trajo a la memoria el del Yakolev-42 en Turquía, el 26 de mayo de 2003, cuando murieron 62 militares, y que acabó en un escándalo por la chapucera identificación de los cadáveres. Esta vez no hubo quejas en este sentido y el Ministerio de Defensa abrió una investigación para saber con precisión las causas del siniestro. Es en Afganistán donde la ayuda española, aparte de la proporcionada en el terreno militar, también se centra en la instrucción de funcionarios y de policías. Y lo mismo se ha hecho en Irak, aunque esta vez no en el propio país, sino que la instrucción se lleva a cabo en terreno español. Estos pequeños pasos han distendido ligeramente las relaciones entre España y Estados Unidos, y, así, se entrevistaron en Washington, el 15 de abril, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, con el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, y, por otro lado, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, con el ministro de Defensa, José Bono, el 3 de mayo. Todavía parece quedar muy lejos un encuentro Bush-Zapatero, aunque sí han intercambiado saludos en alguna que otra reunión internacional. Prueba de que todavía falta mucho es la no inclusión de España como escala en ninguna de las giras europeas de la secretaria de Estado.

Aparte de estos problemas, las buenas relaciones que el Gobierno de Zapatero mantiene con el del controvertido presidente venezolano, Hugo Chávez, no son precisamente una ayuda. Chávez, aliado del dictador comunista cubano, Fidel Castro, lleva a cabo una política provocativa contra la Administración Bush. El actual Gobierno de Estados Unidos considera a Chávez como casi un dictador, un golpista, y lo que es peor, un comunista. En definitiva, una amenaza para la estabilidad de la región que Estados Unidos siempre ha considerado como su “patio trasero”. Concretamente, el jugoso acuerdo comercial que España ha alcanzado con Venezuela para venderle aviones y barcos militares que, según el Gobierno español, no son para fines bélicos, sino para misiones de vigilancia y lucha contra el narcotráfico, ha provocado las quejas de la Administración Bush.

Otro país en el que convergen ambos intereses es en Marruecos, declarado recientemente aliado comercial preferente por Estados Unidos. El Gobierno de Zapatero y, en especial, la buena sintonía que Moratinos mantiene con el mundo árabe han recompuesto las relaciones hispano-marroquíes, muy deterioradas con el anterior Gobierno de Aznar. Los lazos comerciales entre ambos países y el control de la inmigración hacia España centran estas relaciones. El conflicto sobre el Sahara Occidental, el acceso a los bancos de pesca o al posible petróleo de la plataforma continental bajo el Atlántico y los enclaves de Ceuta y Melilla son temas espinosos de los que es mejor no hablar. La cooperación en materia de desarrollo comercial, que data de muchos años atrás, y la creciente colaboración en inmigración pretenden reducir sustancialmente los flujos migratorios que llegan a las vallas de Ceuta y Melilla o que cruzan ilegalmente el Estrecho de Gibraltar. La idea es crear cada vez más riqueza en Marruecos para que la población no tenga la necesidad de partir y para que los emigrantes que llegan provenientes del África subsahariana puedan, algunos de ellos, permanecer en el país alauí. La Unión Europea también se está esforzando en enfocar sus políticas de vecindad hacia esta dirección.

Es de hecho con la Unión Europea con quien España más ha notado el cambio de Gobierno. Las relaciones de Aznar con sus socios comunitarios eran muy variadas; mantenía una excelente sintonía personal con el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, y con el británico, Tony Blair, aunque en los últimos tiempos se había enfriado algo. También tenía buena conexión con el presidente polaco, Aleksander Kwasniewski, aunque para entonces Polonia era tan sólo un país candidato. A los cuatro los unía que eran los aliados predilectos de Bush en Europa. Así, pues, Aznar intentó colocar España mucho más cerca del eje atlántico que del europeo, se distanció del eje París-Berlín (motor de la construcción europea) e intentó construir el eje Londres-Madrid-Roma. Al llegar al poder Zapatero, y especialmente a primeros de 2005, empezó a rehacer las maltrechas relaciones con Francia y Alemania, con el gran debate de los futuros presupuestos para 2007-2013 en juego y el proyecto de Constitución cerrándose.

De hecho, el acuerdo estaba bloqueado, para desesperación de la mayoría de socios comunitarios, por la negativa de Aznar y Kwasniewski a firmar. El cambio de estrategia de Zapatero permitió el acuerdo de los líderes en el proyecto constitucional y esto convenció a sus grandes valedores, Francia y Alemania, del europeísmo del presidente del Gobierno español. La apuesta definitiva por Europa y la Constitución Europea se escenificó con el hecho simbólico de ser el primer Estado en convocar un referéndum sobre la Carta Magna. España votó “sí” el 20 de febrero de 2005 con el 76,7% de los votos emitidos, y con un 17,2% que votaba “no”. La participación también fue protagonista porque tan sólo fue del 42% del censo. Sin embargo, el rechazo de Francia a la Constitución, que le hizo perder peso en Europa, y los pronósticos de derrota en Alemania de Schröder -con quien Zapatero tiene un excelente entendimiento personal- propiciaron un acercamiento al Reino Unido, el tercer motor de Europa.

Las relaciones con Londres eran fluidas con vistas a aprovechar la presidencia británica de la UE para lograr un acuerdo ventajoso para España en el nuevo presupuesto. Al final, apurando la última oportunidad, Blair consiguió un acuerdo que no satisfacía a nadie en la Unión, pero que tampoco indignaba a nadie: este terreno medio sin entusiasmos ni disgustos parecía el único posible donde pudiera germinar el acuerdo. Al final, las tres grandes economías europeas, enfrascadas en las luchas para reducir el “cheque británico”, las ayudas agrícolas y sus aportaciones a los fondos comunitarios, se acercaron ligeramente a la posición española. El drama para España es que con la reciente ampliación a veinticinco, del 1 de mayo de 2004, pasó de ser considerado un país pobre a un país medianamente rico, cuando la riqueza era evidente que no había aumentado de golpe, sino que España sufría los efectos estadísticos de la ampliación al haber entrado diez nuevos Estados todos ellos con unas rentas mucho más bajas que la media comunitaria. Así las cosas, según los acuerdos comunitarios, España dejaría de tener derecho a buena parte de los fondos y ayudas al desarrollo y a la cohesión territorial que recibía. Se pretendía incluso que para 2013 España fuera contribuyente neta de la UE. El Gobierno de Zapatero exigía un período de transición y poder seguir recibiendo ayudas también en el período 2007-2013. Finalmente, la posición española fue tenida en cuenta aunque de manera muy comedida. Se decidió dar una moratoria a España en los Fondos de Cohesión, pero estableciendo un mecanismo gradual y decreciente de ayudas, pasando de los 1.200 millones de euros en 2007 a los 100 de 2013. Se creó también un fondo para innovación y desarrollo tecnológico de 2.000 millones de euros, así como otro para el control de la inmigración en toda la UE. Con estos nuevos fondos se consiguió que el saldo para España fuera positivo.

 


Periodismo Internacional © 2022 | Créditos
Facultat de Comunicació Blanquerna - Universitat Ramon Llull
Aviso legal | Política de protección de datos | Política de Cookies