Anuario 2005

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Bush inicia su segundo mandato asediado por los problemas
El lento regreso al realismo en política exterior

En el discurso de investidura de su segundo mandato que pronunció el presidente Bush, se vislumbraron ciertos indicios de cambio en lo que a política internacional se refiere.

Por lo que se ha visto en 2005, y sobre todo comparándolo con la actuación de Bush en su anterior mandato, parece que el presidente intenta girar hacia la escuela de pensamiento de los políticos más realistas, que rivalizan un tanto con los conservadores. Esto es, intentar ser más pragmático en sus relaciones internacionales. “EE.UU. no tiene derecho ni deseo ni intención de imponer su forma de Gobierno a nadie, nuestro objetivo es acabar con la tiranía y apoyar la democratización de países bajo este tipo de regímenes”. Además, Bush inició su segundo mandato con la clara voluntad de respetar los lazos transatlánticos. Ha existido un cierto deseo de acercamiento y normalización de las relaciones con la UE. Pero a tenor de sus actuaciones este año, Bush sigue sin dar respuesta a una de las preguntas más importantes sobre su actitud en las relaciones internacionales: ¿sigue en vigor la visión norteamericana de un mundo “sin tratados” en el que Estados Unidos opta por el multilateralismo a la carta, según sus objetivos y exigencias de seguridad? ¿Dependen las coaliciones con los aliados del tipo de misiones que EE.UU. se encomienda a sí mismo? Hay muchas dudas respecto si esta Administración podrá seguir ejerciendo este unilateralismo. Según Anatol Lieven, de la New American Foundation, Estados Unidos debe abandonar sus ambiciones imperiales, ya que no puede pagar los costes que supone tener tantos frentes abiertos, ni dispone de los soldados necesarios para asumir tales tareas.

Un año más, Irak ha sido el asunto más importante en la política internacional estadounidense. A finales de 2005, mucho es el camino que le queda todavía por recorrer a las tropas aliadas, que, dicho sea de paso, cada vez son menos. 32.140 son ya las víctimas que se ha cobrado la intervención en Irak. De ellas, unas 30.000 son civiles iraquíes y el resto, tropas norteamericanas. Cifras impensables cuando comenzó la guerra, el 20 de marzo de 2003. ¿Quién iba a decir al presidente norteamericano que, a finales de 2005, el 68% de la población norteamericana reprobaría su actuación en la contienda iraquí? Y eso que los comienzos de año fueron esperanzadores para el futuro del país y para el futuro político de Bush. El 30 de enero se celebraron las primeras elecciones parlamentarias en la historia del país árabe. El índice de participación fue más alto de lo esperado, con un 59%. Ganaron las elecciones los chiíes de la Alianza Unida Iraquí. El pasado 15 de octubre los iraquíes tuvieron una nueva oportunidad para afianzar su democracia en la votación de la nueva Constitución. Pese a la gran campaña suní en contra del texto, finalmente la Carta Magna salió adelante con un 78% de votos a favor. Dos meses más tarde, el 15 de diciembre, los iraquíes tuvieron otra cita con las urnas, esta vez para los comicios legislativos. Hubo una gran participación pese a que los resultados no se conocerán hasta principios de febrero de 2006.

Pese a que Bush se enorgullecía de la progresiva democratización del país árabe, las críticas internacionales -de la Unión Europea y de la comunidad árabe- y las de ciertos sectores de su propio país respecto a la inestabilidad de la zona y las continuas bajas que causaba el conflicto -tanto de civiles iraquíes como de soldados estadounidenses- hicieron que la Casa Blanca pasara a la ofensiva presentando un plan sobre cómo lograr la victoria en Irak y su definitiva normalización democrática. Bajo el título de “Estrategia Nacional para la victoria en Irak”, este dossier no considera el “fracaso” en el país árabe como una opción. Pese a ello, el documento elaborado por el Consejo de Seguridad Nacional sí acierta en su dictamen sobre las consecuencias que se producirían en caso de que se diera ese fracaso: Irak se convertiría en un santuario para el terrorismo, los reformadores en Oriente Próximo no volverían a confiar en el apoyo estadounidense a la democracia, y la zona podría caer en el caos con graves efectos para la seguridad de la región. El documento define la victoria en Irak por etapas: a corto plazo, progreso en la lucha contra los terroristas, construcción de instituciones democráticas y asentamiento de fuerzas de seguridad; a medio plazo, el informe vislumbra un Irak que derrota a los terroristas y garantiza su propia seguridad con un Gobierno plenamente constitucional. Y por último, a largo plazo, un Irak en paz, unido, estable, seguro, bien integrado en la comunidad internacional y un gran compañero en la lucha contra el terrorismo.

Muchos ya han calificado este “utópico” informe como una excusa para alargar la estancia de las tropas norteamericanas en Irak. Lo que la Casa Blanca ha dejado claro es que no hay un calendario para el retorno de las tropas, sino que éstas se quedarán hasta cumplir la “misión”, pero que también podrían reducir su número conforme las fuerzas de seguridad iraquíes vayan tomando el control de la lucha contra el terrorismo. El inconveniente del mantenimiento de las tropas americanas en Irak es que alimenta el problema de la insurgencia, sobre todo suní, a la ocupación, pero a la vez su retirada podría llevar a una guerra civil entre diferentes bandos -básicamente el suní y el chií- y a la consiguiente ruptura del país. Estados Unidos está en este momento en la encrucijada de que no saber ni cómo ni cuándo marcharse. Es más, sabe que haga lo que haga, las consecuencias de su decisión pueden ser nefastas.



Amenaza nuclear

Si en el conflicto que mantiene con Irak, EE.UU. ha mostrado un claro unilateralismo, con Corea del Norte e Irán parece que el Gobierno de George Bush cuente con un cierto apoyo de sus “aliados”. Tanto la Unión Europea como Rusia han mostrado reparos a la actitud mostrada por Teherán y el régimen de Kim por el desarrollo de sus programas militares atómicos. En el caso de Corea del Norte, la presión internacional surtió efecto. A finales de septiembre se comprometió a renunciar a sus armas atómicas y a regresar al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) a cambio de ayuda. Desde Washington afirmaron que era una buena noticia comparada con la grave crisis que se puede avecinar si Irán persiste en el desarrollo de armas de uranio enriquecido, desoyendo las amenazas de Norteamérica y de la Unión Europea. El “pacto” con Corea consiste en la renuncia por parte de ésta a su plan de rearmamiento nuclear a cambio de ayuda económica y energética de los países firmantes del acuerdo: Estados Unidos, Rusia, Corea del Sur, China y Japón. Pese a las incógnitas del pacto -debido a que Corea del Norte está bajo un rígido régimen comunista-, el hecho de que Estados Unidos se reafirme en la negociación con este grupo de países es un indicador del consenso que pretende dar George Bush a su política internacional. China ha sido la gran valedora del pacto frente a posicionamientos más firmes y amenzantes de Washington. Pero es evidente que la pobreza que atraviesa Corea ha sido un factor decisivo a la hora de aceptar el desarme nuclear del régimen de Kim a cambio de ayudas económicas.

El caso de Irán es diferente. Según las últimas noticias, Irán ha reanudado su programa nuclear. Es más, ha mostrado claramente sus cartas al mundo, afirmando que piensa construir una segunda planta nuclear, a pesar de la presión internacional sobre su programa nuclear, en la provincia de Juzistán. Desde finales de 2003, Irán y la Comunidad Internacional venían acordaron una suspensión voluntaria de su programa de enriquecimiento de uranio, a cambio de una solución negociada del contencioso en vez de impulsar una denuncia contra este país ante el Consejo de Seguridad. En 2004, se reforzó este acuerdo con el llamado tratado de París, con el que Teherán reiteraba su voluntad de mantener suspendido su programa militar mientras negociaba con la UE un amplio paquete de incentivos económicos, políticos y nucleares a cambio de no fabricar su propio combustible. Pero las cosas cambiaron el pasado mes de agosto. Con la llegada de Mahmud Ahmadineyad al poder, y ante la supuesta falta de progreso en las negociaciones, Irán decidió reactivar la planta de conversión de uranio que posee en la zona de Ispahán, en el centro del país. Las conversaciones con los europeos quedaron interrumpidas.

Y es que el enriquecimiento de uranio es la parte más sensible del ciclo de combustión nuclear, ya que tiene tanto aplicaciones civiles como militares, en función del grado de pureza del material producido. Así, permite fabricar desde combustible para las plantas nucleares de generación eléctrica -para lo que Irán asegura que lo utiliza- hasta la carga de una bomba atómica. El Tratado de No Proliferación de armas nucleares (TNP), al que pertenece Irán, no prohíbe este proceso siempre y cuando tenga objetivos pacíficos. Sin embargo, según el OIEA esas buenas voluntades no se han podido comprobar en el caso iraní.

Y, ¿cuál es el papel de EE.UU. en todo este asunto? La Administración estadounidense es quien más sospechas tiene acerca del posible mal uso del uranio por parte de Irán. Bush ha incluido a este país en su particular “Eje del mal”. Le señala como fuente de terrorismo islámico y asegura que oculta un programa secreto para la adquisición de armas nucleares. Incluso ha advertido a Teherán de que no descarta la vía militar como último recurso para resolver el conflicto. Washington ha declarado en reiteradas ocasiones su intención de llevar a Irán ante el Consejo de Seguridad de la ONU para imponer sanciones al país islámico ya que considera que el diálogo y la negociación no han conseguido los fines que buscaban: la moderación del régimen fundamentalista y la renuncia a fabricar armas atómicas.

Según muchos analistas internacionales, Estados Unidos acabará llevando a Irán ante la ONU porque la posibilidad de otra invasión norteamericana a un país islámico es un tanto remota por tres razones: el enorme gasto y el cuantioso déficit que arrastra Estados Unidos por los costes de la guerra de Irak son enormes y no hay dinero para pagar otra intervención; Occidente tendría grandes problemas de abastecimiento de petróleo ya que Irán es uno de los mayores productores de crudo a nivel mundial; y, por último, las tropas de ocupación sufrirían mucho más que en Irak, tanto por el factor orográfico como por la homogeneidad de la población iraní, como porque los iraníes han tenido tiempo para prepararse.

Ante las amenazas de EE.UU. de llevar a Irán ante el Consejo de Seguridad de la ONU, Teherán ya ha respondido que como primera medida suspenderá sus exportaciones de petróleo -2'4 millones de barriles diarios- en caso de que se produzca algún tipo de sanción al país. Ante la falta de unanimidad entre EE.UU. y la UE acerca de Irán -el primero apuesta por llevar al país árabe de inmediato a la ONU, mientras que el segundo aún espera agotar los últimos cartuchos negociadores- el director de la OIEA (Organismo Internacional de la Energía Atómica), Mohamed El Baradei, advirtió a Irán de que la Comunidad Internacional se “estaba impacientando”, aunque reconoció que este país carece de armas nucleares y no representa una amenaza “inminente”. El Baradei propuso a la Comunidad Internacional que continúe el diálogo con Irán para llegar a una solución y, evitar así, remitir al país islámico al Consejo de Seguridad de la ONU, fase que definió como “la última de las opciones, la más desagradable, pero la más probable según como están las cosas día de hoy”. El Baradei prosiguió afirmando que es partidario de sanciones económicas y de la contención antes que una actuación militar



Fracaso en el intento del acuerdo del ALCA

En su intento de crear una zona de libre comercio con la mayoría de los países de América, George Bush fracasó nuevamente tras la Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, Argentina. Pero el presidente norteamericano tiene razones para albergar esperanzas para un futuro acuerdo. La mayoría de medios iberoamericanos hicieron hincapié en las principales diferencias de la reunión argentina como si evidenciaran una polarización irresoluble entre el bloque del TCLAN (Estados Unidos, Canadá y México) y el Mercosur (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay). Son muchas las dificultades para avanzar en la firma del Acuerdo de Libre Comercio para las Américas, pero el principal escollo es el rechazo de países como Argentina y Brasil a los subsidios agropecuarios -relativos a la agricultura y la ganadería- de Estados Unidos. Pero pese a estos rechazos, estos países no se oponen al ALCA, sino que quieren una negociación más equitativa y justa. Así, pese a esta “tensión”, muchos analistas señalan que parece inevitable la integración comercial de la región. De hecho, Chile tiene un acuerdo de libre comercio con Estados. Los países centroamericanos, más la República Dominicana, también. Incluso países como Perú o Ecuador están elaborando las bases para un tratado semejante.

El hecho de que Estados Unidos tenga acuerdos bilaterales de comercio con muchos países del hemisferio sur muestra una clara voluntad de estos países para avanzar hacia un esquema de liberalización económica continental, que es precisamente lo que busca la Administración norteamericana. Pero como muy bien dijo el presidente mexicano, Vicente Fox, la polarización de las Américas puede poner en peligro esta alianza. En este momento existe una gran mayoría de más de 20 naciones que desea el ALCA, y unas seis que se oponen al mismo por motivos diferentes. Estos países opositores serían los cuatro del Mercosur, más Venezuela y Cuba que son, hasta ahora, los dos únicos que defienden la llamada Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA). Este plan es una estrategia de enfrentamiento comercial y político con Estados Unidos, ideada por Chávez. Ni Lula ni Kirchsner, dos importantes economías emergentes encabezadas por gobiernos de izquierda, han firmado el ALBA, y prefieren mantenerse en la lógica de la integración regional que supone el Mercosur, mientras se negocia en busca de un ALCA más equitativa.

Otro hecho indicativo del cambio de rumbo en la política estadounidense es el comportamiento respetuoso del presidente Bush con sus homólogos argentino y brasileño -cuando Lula llegó al poder en Brasil, muchas alarmas se desataron en Washington ante la posibilidad de que Brasil siguiese los pasos de Venezuela-. Esta actitud se puede enmarcar en el avance, lento y puede que a veces conflictivo, de una diplomacia entre dos Américas que, finalmente, con democracias ya consolidadas, deje atrás suspicacias del pasado y promueva firmes alianzas entre los gobiernos.

Desde el punto de vista político, existe una clara polarización: una América democrática de unas 33 naciones de la región, una América autoritaria, con Cuba como referente y una América híbrido de las dos anteriores que tiene tintes claramente bolivarianos como Venezuela y seguramente Bolivia en un futuro. Muchos de estos países, empezando por México, tuvieron serias rencillas con Washington hasta hace bien poco por la guerra de Irak y sus consecuencias. A día de hoy, con las cicatrices de esa falta de apoyo cerradas, un nuevo panorama se vislumbra para el futuro de América.



Desde el 11-S, todo vale para la seguridad estadounidense

Después del 11-S, Estados Unidos ha dividido el mundo en dos campos: el civilizado y el bárbaro. El criminal de guerra, el terrorista, el Estado irresponsable, pertenecen a la segunda categoría y personifican lo que Bush llama “Eje del Mal”. Estados Unidos considera que para hacer frente a este eje, está legitimado a usar cuantos medios tenga a su alcance. Y esos medios muchas veces son incompatibles con el derecho y el orden jurídico internacionales.

Ese difícil equilibrio entre el trabajo en la sombra y el respeto de las reglas democráticas lo ha roto Norteamérica con comportamientos transgresores de la legalidad internacional. Esto ha provocado la aceptación de la tortura, incorporada con naturalidad a los medios contra el terrorismo, con la bendición de Alberto Gonzales, secretario estadounidense de Justicia, quien en un acto de redefinición eufemística de la tortura la define como “la violencia hecha a los prisioneros siempre que la misma no afecte irremediablemente a su integridad física”. Guantánamo, el Presidio de Bagram en Afganistán, las cárceles de Irak, con la de Abu Ghraib como emblema, son las claves de una siniestra geografía de la humillación con la que EE.UU. ha consagrado una práctica deleznable que ha puesto el grito en el cielo de medio mundo, entre ellos, sus aliados.

El asunto de las torturas, más o menos conocidas antes, estalló ante la opinión pública mundial tras el descubrimiento de los vuelos secretos de la CIA -los servicios secretos norteamericanos- y de su red de cárceles secretas fuera de EE.UU., para allí recluir a sospechosos de terrorismo. Durante 2005 se han procesado a militares y un tribunal norteamericano ha condenado a varios soldados acusados de abusar y torturar a presos. Un año después de las primeras fotos aparecidas de Abu Ghraib (abril de 2004), Amnistía Internacional sigue denunciando que aún no ha habido un trato compensatorio a las víctimas de tales abusos. La organización va más allá al afirmar que los malos tratos se siguen cometiendo. Por todo esto, Amnistía Internacional demanda al Gobierno de Estados Unidos una investigación exhaustiva, sobre todo en lo relacionado con las prácticas de detención e interrogatorio en el contexto de “la guerra contra el terrorismo”. Asimismo, reclaman que observadores independientes, como el Comité Internacional de la Cruz Roja y expertos de la ONU, tengan acceso a todos los detenidos bajo custodia estadounidense.



Nombramientos significativos

Las directrices que esbozó Bush en la toma de posesión de su segundo mandato dieron a entender que pretendía llevar a cabo una política menos unilateral y menos intervencionista. Es más, quiso dejar claro que pretendía abrirse al multilateralismo y al consenso. Pero con una serie de nombramientos realizados este año, parece no encaminarse en esa dirección. Entre ellos destacan Alberto Gonzales como ministro de Justicia; John Negroponte como único jefe de todos los servicios de espionaje norteamericanos; John Bolton, embajador ante Naciones Unidas, y Paul Wolfowitz designado para dirigir el Banco Mundial. Todos ellos son “halcones” y opuestos al multilateralismo en las relaciones internacionales. Estos nombramientos chocan con lo expresado por Bush en su reunión con varios líderes europeos. “EE.UU. quiere extender la democracia en el mundo, mantener una conversación con el resto de países y no un monólogo”. Muchos de los nombres designados para estos cargos son personas destacadas, al menos hasta ahora, por haber hecho todo lo contrario. Especialmente polémico es el nombramiento de John Bolton, quién durante toda su carrera se ha destacado por oponerse a que Estados Unidos coopere con otros países, en lo que a política internacional se refiere.

¿Qué se puede decir de Paul Wolfowitz para el cargo mencionado? Según “The New York Times”, es el padre de la “guerra preventiva”. Juntamente con Cheney y Rumsfeld, apadrinaron la doctrina rotundamente unilateralista conocida como Estrategia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos de América. El periódico va más allá al asegurar que Wolfowitz es el arquitecto de la guerra contra Irak y uno de los más destacados defensores en Washington del Israel de Ariel Sharon. Quizá en su nuevo puesto cambia de parecer en lo que cuestiones internacionales se refiere, pero no hay que olvidar que el mismo Wolfowitz fue quien alentó a negar contratos en el Irak post-Sadam a todas las compañías europeas no pertenecientes a la coalición “amiga”, según afirma el mismo periódico

Pese al recelo mundial causado por estos nombramientos, Sott McClellan, portavoz de la Casa Blanca, resaltó “el fuerte compromiso de Bush para lograr que los organismos multilaterales sean eficaces”. Por su parte, el nuevo embajador estadounidense ante las Naciones Unidas, John Bolton, declaraba que era un firme partidario de la política multilateral eficaz. El mismo Bolton tiene una batalla personal contra el Tribunal Penal Internacional, organismo que encarna como pocos la vigencia del derecho internacional. Hace pocos años, Bolton dijo que “el apoyo al TPI se basa en gran manera en una convocatoria emocional a un ideal abstracto de sistema judicial internacional, contrario a los más firmes principios de la resolución internacional de conflictos”.

Según muchos analistas norteamericanos, las designaciones de Bolton, Wolfowitz, así como la del ministro de Justicia, Gonzales (que persuadió a Bush de que las convenciones de Ginebra no debían aplicarse en Guantánamo), y la de John Negroponte están directamente relacionadas con la aversión del entorno presidencial hacia las instituciones internacionales multilaterales. Estos políticos conservadores, “neocon”, son quienes difunden que la ONU es un desastre, “una institución en profunda crisis y en extrema necesidad de un liderazgo norteamericano firme”. Es decir, Naciones Unidas no sirve a los intereses norteamericanos.

La UE no se ha opuesto al nombramiento de Wolfowitz para dirigir el Banco Mundial. Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, dijo que no se debían tener prejuicios en el nombramiento de nadie, sino que había que darle tiempo.

El tiempo dio la razón a los escépticos a estos nombramientos ya que meses después de asumir el cargo como embajador de Estados Unidos ante la ONU, John Bolton, propuso al presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas, Jean Ping, y a un selecto grupo de naciones que es necesario introducir cambios importantes en el documento de consenso -sobre la pobreza en el mundo- que estaba listo para ser sometido a la cumbre del 60 aniversario de la ONU. Los objetivos de Bolton son varios, y chocan todos ellos con los propósito de consenso internacional. El embajador norteamericano sugiere quitar todas las referencias a los Objetivos del Milenio -plan de la ONU contra la pobreza- y sustituirlas por una apelación genérica de la reducción de la pobreza. En esta línea, señala que el compromiso suscrito por las naciones ricas para aportar un 0,7% de su producto interior bruto a ayuda internacional debe ser sustituido por un llamamiento a los países pobres para que reformen sus economías para instaurar el mercado. En materia de cambio climático, Bolton quiere anular cualquier referencia al Protocolo de Kyoto. También sugiere eliminar las referencias que existen al Tribunal Penal Internacional, que la Administración Bush intenta ningunear. Bolton se tomó la declaración del 16 de septiembre -que abordaba todos estos temas- como el punto de partida para la reforma de la ONU, intentando hacerse eco de las críticas que tanto el Congreso de EE.UU. como la Casa Blanca vierten hacia la ONU. Con estos hechos está claro que el nuevo multilateralismo que propone Bush pretende buscar alianzas paralelas, en competencia con la ONU, y no en la misma línea. Quizá lo más grave del asunto es la imagen que está dando Bush dentro de Estados Unidos afirmando que la ONU no beneficia en nada los intereses norteamericanos.

Entre esa recuperación parcial del multilateralismo -nunca podrá ser completa mientras reniegue de la ONU- está la de la OTAN. Cabe el peligro de hacer de la organización trasatlántica un organismo contra el yihadismo islamista, el “enemigo”, como proponen ciertos conservadores de EE.UU. El problema que se plantea, a finales de 2005, con la OTAN, es que Norteamérica no ve esfuerzos europeos para lograr más capacidades militares, aunque aprecie los esfuerzos de los europeos en zonas como Gaza, Aceh o los Balcanes, o los políticos con Irán. En su viaje por Europa al inicio de su segundo mandato, Bush trató a la UE como un interlocutor estratégico. Ante este hecho, la Unión no pudo responder al reto de potenciar la OTAN ya que estaba en plena criris tras el fracaso de la Constitución Europea en Francia y los Países Bajos.

Según Robin Niblett, vicepresidente del Center for Estrategia and Internacional Studies, al no haber sido atacado desde el 2001, las medidas de recortes de libertades que llevaa cabo Estados Unidos -no sólo en su territorio- seguirán. Y si hay un ataque, habrá un rebrote de este tipo de medidas que irán todavía, más si cabe, contra el derecho internacional. Después de todo este panorama, ¿qué quedará? Para Richard Haas, ex jefe de planteamiento político del Departamento de Estado con Colin Powell, se verá, previsiblemente, una sociedad más aislacionista, el abandono de la guerra preventiva, un cierto multilateralismo, pero a su manera y no centrado en la ONU, por parte de un país que seguirá considerándose exento de buena parte del derecho internacional. Una política con menos ambiciones de cambiar el mundo, pero tampoco con más ganas de adaptarse a él.



Los vuelos de la CIA: nueva crisis con la UE tras el conflicto iraquí

A Bush se le está reabriendo también el frente europeo. En nombre de la presidencia de turno de la UE, el británico Jack Straw tuvo que pedir a Washington “clarificaciones” sobre los supuestos vuelos y escalas en Europa en los que la CIA habría trasladado ilegalmente a presos para interrogarles en cárceles especiales, algunas de las cuales están en países europeos. Washington se comprometió a responder. En su primer discurso en el Bundestag como cancillera, Angela Merkel dejó claro, en referencia a estos vuelos, que las relaciones transatlánticas han de basarse sobre la sinceridad y el respeto a los derechos humanos.

Mientras se iban desvelando datos sobre los vuelos secretos de la CIA, la Casa Blanca hizo público el famoso informe sobre la “Victoria Nacional en Irak”. Un documento sobre la situación del país asiático y de las etapas que se debían seguir para ganar en Irak, retirar las tropas y reforzar el papel del país árabe como un país democrático y aliado. Según el periódico “The New York Times”, dicho informe era una estrategia para paliar las críticas que recibía Bush por la situación en Irak y por los vuelos de la CIA. “Esta espinosa cuestión no la tapará ninguna estrategia nacional para la victoria en Irak” concluyó. La secretaria de Estado, Condolezza Rice, hizo un vuelo de urgencia por varios países de la UE, para apaciguar las críticas y la crisis internacional abierta por las presuntas cárceles clandestinas que la CIA tenía por Europa con sospechosos de terrorismo. Rice, se limitó a decir que la CIA impide actos terroristas y que salva vidas en todos los países, por lo que los gobiernos deben decidir si colaboran o no con EE.UU. Además, afirmó reiteradamente que su Gobierno no permite la tortura ni el trato cruel a los presos, e insistió en que las obligaciones de su país, según los tratados internacionales, sobre el trato cruel a los detenidos, “se extienden al personal estadounidense donde quiera que esté, ya sea en Estados Unidos o fuera de ellos”.

Estas declaraciones no contrastan con la realidad que impera en las cárceles norteamericanas, sino con una pretensión de cambio en la política norteamericana que responde a la presión internacional y del propio Congreso. El pasado día 15, la Cámara de Representantes apoyó por 308 contra 122 una enmienda que prohíbe la tortura a los prisioneros bajo custodia estadounidense. La iniciativa busca presionar al presidente Bush para que acepte regular por ley el impedimento del trato o castigo cruel, inhumano y degradante a los detenidos. Dicha enmienda vino del senador y previsible candidato presidencial republicano John McCain, y no tardó en tener respuesta por parte del Gobierno. Según la Casa Blanca, esta enmienda limita la capacidad de su país de prevenir más ataques terroristas.



EE.UU. sigue ignorando el medio ambiente

Otro tema que está provocando altercados entre la diplomacia estadounidense y las del resto del mundo, sobre todo la europea, son las políticas medioambientales. Estados Unidos es culpable de la emisión del 25% de los gases contaminantes del mundo. Pese a encabezar esta estadística, no es el primer país en tomar medidas. A finales de noviembre, se celebró en Montreal la XI Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático. En ella, la UE, Canadá y los países en vías de desarrollo cerraron un acuerdo en el que, por el momento, EE.UU. se niega a participar, para abrir conversaciones sobre las medidas contra el cambio climático tras 2012, año en que concluye el periodo cubierto por el Protocolo de Kyoto. Todo el mundo está a la espera de que Estados Unidos diga si finalmente se suma al acuerdo de principio. Desde el inicio de la cumbre, el 28 de noviembre, EE.UU. no ha querido mantener conversaciones porque se oponen a negociaciones formales, postura que ha bloqueado la cumbre. El ex presidente Bill Clinton realizó el discurso final de la cumbre abogando por el uso de energías alternativas. Hizo hincapié en que esto es posible, no es una utopía, e instó al presidente de su país, George Bush, a no negarse a dialogar sobre futuras medidas para la lucha contra el cambio climático ya que será perjudicial para todo el mundo, incluido los Estados Unidos.

 


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