Anuario 2006

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Ruanda
La sombra del genocidio de 1994 provoca la ruptura de relaciones con Francia
El principio de la época de los juicios

Ruanda es un país pequeño, de elevada densidad demográfica y relieve ondulado, situado en la región de los Grandes Lagos, en el África oriental. Durante siglos, sus montañas facilitaron que el país fuera un territorio aislado, que pasaba desapercibido para sus vecinos y que prácticamente no mantenía relaciones fuera de sus fronteras. Hoy, sin embargo, Ruanda es conocido por haber acogido uno de los episodios más sangrantes de la década de los noventa.

Las líneas fronterizas africanas todavía respetan las demarcaciones dibujadas en los tiempos coloniales y, por lo tanto, dividen grupos humanos y obligan a otros a convivir en el mismo territorio. En un país tan diminuto y de campos tan empobrecidos como Ruanda, los problemas derivados de la división fronteriza todavía se notan más. Desde tiempo atrás, un total de casi ocho millones de habitantes comparten el día a día en una superficie de 26.000 kilómetros cuadrados. A causa del importante crecimiento demográfico, la tierra es un bien cada día más escaso. Los hutus y los tutsis tienen diferentes maneras de trabajar en el campo y la disputa del poco suelo cultivable sólo es un problema añadido a las diferencias que hace tiempo que les enfrenta.

El año 1960, cuando Ruanda consiguió la independencia, se puso en manos hutus. El año 1990, sin embargo, el Frente Patriótico Ruandés (FPR), un partido creado al exilio de Uganda por los tutsis, invadió el país. A pesar de todo, gracias a las ayudas francesas, el gobierno hutu, liderado por Juvenal Habyarimana, consiguió mantenerse al poder. La situación, sin embargo, era complicada y el año 1993 se intentó solucionarla con los acuerdos de Arusha (Tanzania).

El proceso fue largo y complicado porque los dos sectores no tenían la intención de llegar a ningún acuerdo, su posición sólo era de todo o nada. La puesta en marcha de los acuerdos de Arusha, de hecho, todavía fue más problemática y la población ruandesa se dividió entre la población que daba soporte al FPR y la oposición hutu moderada (FDC) y el resto, mayoritariamente hutus extremistas, que querían mantener el antiguo régimen. Los acuerdos redujeron mucho los poderes del presidente Habyarimana, hasta dejarle prácticamente con un papel testimonial. Con las dificultades en la instauración de las instituciones de transición, pues, las tensiones étnicas se reavivaron y empezaron las hostilidades. Es en estos momentos cuando entran en juego las milicias extremistas hutus, los interahamwes (los que atacan juntos) y los impuzamugambis (aquéllos que tienen el mismo objetivo). La situación era muy frágil y ya hacía tiempo que se preveía el estallido de un conflicto armado. El atentado que acabó con la vida de Habyarimana, pues, sólo fue la gota que hizo derramar el vaso para empezar un genocidio que, en poco más de tres meses, acabó con la vida de 800.000 personas y con la huida de casi una cuarta parte de la población.

Después de los tres meses de conflicto, cuando todo volvió a la calma, una multitud de más de medio millón de personas, que se habían marchado dejando toda una vida atrás, pudieron volver al país. Durante tres días, las fronteras se llenaron de gente que realizaba el esperanzador viaje de vuelta con muchas ansias de llegar a casa. Nada los podía sorprender más que el derrame de sangre que habían presenciado antes de huir. El escenario con el que se tropezaron, sin embargo, devia ser realmente desolador. A las casas destrozadas y al gran número de cadáveres que había por todas partes, también se les añadió el problema de ver cómo todas sus propiedades les habían sido expoliadas. Empezaba, pues, una época difícil junta de resoluciones judiciales y, sobre todo, de resentimiento.

Cuando se acabó el conflicto, el FPR accedió al gobierno de Ruanda y prohibió todas las organizaciones políticas hasta el año 2003, que el país acogió las primeras elecciones legislativas.

 


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