Anuario 2006

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El reto de cambiar el modelo de desarrollo para seguir creciendo
China busca su sitio como potencia regional y mundial

La prueba nuclear de Corea del Norte y el ascenso al liderazgo japonés del reformista Shinzo Abe han marcado la política exterior de China durante 2006. Por un lado, el ensayo de Pyongyang compromete la posición internacional del gigante asiático, el único país con ascendente sobre Corea del Norte, que además comparte 1.400 kilómetros de frontera; es su primer socio comercial y se enfrenta al reto de ser el primer responsable de hacer efectivas las sanciones internacionales sobre su vecino del norte. Por otro lado, Shinzo Abe, el nuevo primer ministro japonés, prioriza en su agenda internacional mejorar las relaciones entre las administraciones nipona y china, seriamente dañadas por las posiciones nacionalistas de su predecesor, Junichiro Koizumi, y por la disputa energética de unos yacimientos de gas del este del Mar de la China. Precisamente, la demanda energética casi insaciable del gigante asiático está llevando estos últimos años al Ejecutivo de Hu Hintao a tejer una red de alianzas y connivencia política en todo el mundo para garantizarse los suministros de crudo y materias primeas en un futuro. Unos retos a los que China tiene que hacer frente con éxito para redefinir su política en el mundo y en la región Asia-Pacífico.

La prueba nuclear que Corea del Norte efectuó el 9 de octubre de este año ha puesto a China en una posición delicada en el escenario internacional ya que la sitúa como principal actor para frenar la carrera atómica de la que ya es la novena potencia atómica del mundo. El gigante asiático, tradicional aliado de Pyongyang, ha intentado en reiteradas ocasiones a lo largo del año retomar las negociaciones a seis bandas (China, Estados Unidos, las dos Coreas, Japón y Rusia) sobre el programa nuclear de Corea del Norte, tanto antes como después de la prueba nuclear. Sin embargo, el ensayo hace difícil el “amparo” del régimen del norte de la península coreana por parte de China, que no sólo tiene que endurecer su política con Pyongyang de cara a los organismos internacionales, sino que además es el principal responsable de hacer que Corea del Norte cumpla con las sanciones, sobre todo comerciales, que se le han impuesto. En este sentido, el gigante asiático juega un papel principal para la estabilidad de la región.

Los expertos consideran que este año el nuevo Ejecutivo de Japón ha brindado a China una gran oportunidad para conseguir una fuerte alianza en la zona. El presidente chino, Hu Jintao, y el primer ministro, Wen Jiabao, se reunieron el 8 de octubre en Pequín con el nuevo primer ministro japonés, Shinzo Abe, en el primer encuentro entre los más altos responsables de la política china y japonesa en los últimos 17 meses. Se trata del primer paso de Abe en su voluntad de mejorar las relaciones bilaterales con la República Popular –y también con Corea del Sur– para intentar superar los contenciosos históricos entre las dos administraciones. Esta ha sido la primera vez que el primer viaje al exterior de un nuevo jefe del ejecutivo japonés tiene como objetivo Pequín.
El gesto de Abe, demuestra el cambio de rumbo de la política exterior nipona respecto a China, muy dañada estos últimos meses por las polémicas visitas del hasta septiembre premier japonés, Junichiro Koizumi, al santuario de Yasukuni. Un ritual que siguen los mandatarios nipones desde el fin de la segunda Guerra Mundial que consiste en visitar el santuario, considerado como el epicentro del nacionalista japonés de derechas, y que Koizumi ha realizado seis veces entre 2001 y 2006. El santuario gestiona un museo sobre la historia del Japón en honor de los soldados que lucharon por el “País del Sol Naciente”. Un video documental muestra a los visitantes del museo la conquista japonesa de Asia oriental previa a la Segunda Guerra Mundial como un esfuerzo para salvaguardar a Asia del avance imperialista de las potencias occidentales. El hecho en sí no era objeto de controversia política, ya que en Yasukuni se recordaba a todos los muertos de Japón en las guerras. Sin embargo, el 17 de octubre de 1978 empezó discretamente a venerarse a los denominados “Mártires de Showa”, 14 personas a las que el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente consideró criminales de guerra de la Clase A. Las visitas son consideradas desde Pequín como una provocación y constituyen uno de los principales elementos de tensión entre Japón y sus vecinos asiáticos. Por el momento, el nuevo premier, Shinzo Abe, que llegó al cargo con la reputación de ser más nacionalista que su predecesor, ha evitado pronunciarse sobre el pasado militar de Japón y no ha aclarado si visitará o no el controvertido santuario de Yasukuni.
China también ha criticado duramente este año las declaraciones de Japón en las que aseguraba que Taiwán ha llegado a la “madurez política como país”, palabras que sólo sirvieron para aumentar la tensión entre los dos países. Otra de las causas del deterioro de las relaciones entre China y su vecino nipón ha sido la disputa de unos yacimientos de gas y petróleo situados en el este del Mar de China. Las conversaciones entre China y Japón sobre la explotación de estos recursos se han ido sucediendo a lo largo del año. El primer encuentro, que se celebró el 8 de enero, sólo sirvió para constatar la voluntad de negociar y para establecer una nueva cita. Un encuentro que tuvo lugar a principios de marzo, cuando Pequín propuso la explotación conjunta de los hidrocarburos del mar del este de China. La propuesta fue rechazada por el por entonces Secretario en jefe del Gabinete japonés, Shinzo Abe.

En agosto, la petrolera estatal china CNOOC anunció en su página web que había iniciado los trabajos de explotación de los yacimientos de gas y petróleo de Chunxiao, en el mar del este de China. Según la información de la web de CNOOC, el viceministro de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reformas, Zhang Guobao, había visitado el 23 de julio los yacimientos en disputa para constatar que su explotación había comenzado al máximo nivel, una información que provocó la indignación de Tokio.

Los yacimientos del mar de la China oriental son importantes para China en el marco de la política energética que está llevando a cabo. La Administración de Hu Hintao está enfocando su política exterior a garantizarse energía para los próximos años, ya que la demanda en el país es cada vez más elevada. Hasta hace quince años, China era el principal exportador de petróleo de Asia oriental. Sin embargo, hoy en día la situación ha cambiado y el gigante asiático ya es el segundo importador mundial de crudo por detrás de Estados Unidos. China importa un 40% del petróleo que consume. Sus necesidades crecen al mismo ritmo que su economía. Y no sólo la demanda petróleo. China también es el segundo consumidor de fuentes de energía primaria con una cuota del 13,6%, porcentaje que, según algunos estudios, podría aumentar hasta el 16-18% para el año 2020.

Algunos expertos aseguran que gran parte de lo que está impulsando a China a conseguir una seguridad energética es el persistente temor de verse aislado económica y políticamente de futuras fuentes vitales de energía. En un artículo publicado en la revista “Foreign Affaires”, David Zweig, director del Centro sobre Relaciones Transnacionales de China de la Universidad de Hong Kong, explicaba que “Pekín ha estado animando a los representantes de las empresas controladas por el Estado a que asegurasen acuerdos de exploración y suministro con países productores de petróleo, gas y otras fuentes de energía. Al mismo tiempo, ha estado cortejando a los gobiernos de estos estados, fortaleciendo las relaciones comerciales bilaterales, concediendo ayudas, perdonando deudas nacionales y ayudando a construir carreteras, puentes, estadios y puertos. A cambio, China ha ganado acceso a recursos claves, des de oro de Bolivia a carbón de Filipinas o petróleo de Ecuador y gas natural de Australia. La búsqueda de recursos por parte de China ha supuesto un beneficio a ciertos estados, especialmente países en desarrollo (...). Pero para otros, particularmente Estados Unidos y Japón, la insaciabilidad china es motivo de preocupación. A algunos les preocupa que Pekín entre en su esfera de influencia o concierte acuerdos con países a los cuales se intenta marginar.”

En este sentido, Washington se queja de que la política energética de China provoca que establezca alianzas con regímenes hostiles a Estados Unidos o que no son respetuosos con los derechos humanos. “Los chinos mantienen una búsqueda agresiva –de energía– en todo el mundo; sea en Irán, Sudán o Venezuela”, dice James Lilley, embajador de los Estados Unidos en China de 1989 a 1991, “da igual el país que nombres, allí están ellos”. Según David Zweig, la dependencia petrolífera ha hecho que China se convierta en un jugador activo en Oriente Próximo –zona de donde proviene la mitad del crudo que importa el gigante asiático–, en el África subsahariana –región que suministra casi un 30% de las importaciones chinas–, y en América Latina. China ha negociado estos últimos años importaciones con países como Angola, Omán, Irán, Sudán, Vietnam, Yemen, Congo e Indonesia, y en menor medida Guinea Ecuatorial, Nigeria, Chad, Gabón y Camerún.

De hecho, este año hemos presenciado claras muestras de la política exterior del gigante asiático orientada a la energía. A finales de marzo el presidente ruso, Vladimir Putin, visitó Pequín para firmar un acuerdo con su homologo ruso, Hu Jintao, para la construcción de dos gasoductos que permitan transportar el gas natural de Siberia a China. Cuando los dos proyectos se hayan completado, Rusia se convertirá en el principal suministrador de energía de la República Popular. Los dos gaseoductos costarán unos 10.000 millones de dólares y llevarán a China entre 60.000 y 80.000 millones de metros cúbicos de gas natural cada año, cifra equivalente a más del doble del consumo total de China en el año 2004.
Este no ha sido el único proyecto del gigante asiático para garantizarse el suministro energético durante este año. A principios de abril, el primer ministro, Wen Jiabao, viajaba a Canberra, Australia, con dos propósitos: concretar un acuerdo general entre los dos países sobre el uso pacífico de la energía nuclear y otro más específico para la explotación china de algunas minas de uranio australianas. El principal objetivo de China en Australia es el acceso a sus recursos de uranio, que equivalen al 40% de las reservas conocidas del mundo.

Sin embargo, las relaciones que China ha potenciado este año de forma especial han sido con el continente africano. A principios de año, durante una visita del ministro de Exteriores, Wen Jiabao, a África, el Ejecutivo chino presentaba oficialmente sus ambiciosos planes comerciales para obtener crudo y materias primas en el continente. A finales de abril, el propio Hu Hintao inició en Marruecos una ronda de visitas a distintos países africanos. Antes de desplazarse a Kenia y después de hacer escala en Arabia Saudita, Hu Hintao visitó Nigeria –otro de los grandes exportadores de petróleo– por segunda vez desde que es presidente. Concretamente, China invertirá en Nigeria 4.000 millones de dólares (3.200 millones de euros) en infraestructuras. Como compensación, el país asiático tendrá acceso a cuatro nuevas explotaciones de petróleo. En junio, Wen Jiabao volvió al continente africano, esta vez para realizar una gira por siete países. El primer ministro chino se entrevistó en Ghana con el presidente del país, John Kufuor, con el que pactó la concesión de un crédito a bajo interés para proyectos en el sector de las telecomunicaciones. En Sudáfrica, que es uno de los grandes productores mundiales de uranio, Wen Jiabao y el presidente sudafricano, Thabo Mbeki, cerraron un acuerdo para intercambiar conocimientos en materia nuclear y personal para mejorar los procesos e impulsar el desarrollo de tecnología propia.

La región de América latina tampoco ha estado exenta este año de la ofensiva energética de China. El 8 de agosto, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, viajó a la capital china para afianzar los acuerdos petroleros y consolidar los lazos económicos y políticos entre ambos países. En octubre, el gigante asiático llegó a un acuerdo para comprar gas a Turkmenistán y en noviembre pactó cooperar en materia nuclear con India. En el que fue el primer viaje de un presidente chino a la India en los últimos diez años, las dos potencias asiáticas acordaron doblar el comercio bilateral para llegar a los 40.000 millones de dólares en 2010 y se comprometieron a acelerar los esfuerzos para solucionar los conflictos fronterizos, que provocaron una guerra en 1962 por territorio en litigio en el Himalaya por el que todavía no han firmado un acuerdo de paz.

Sin embargo, Pequín es consciente de que, a parte de tejer una red de alianzas a nivel internacional, para asegurarse la energía en un futuro también tiene que esforzarse en diversificar las vías para conseguirla. En marzo, el Consejo de Estado, presidido por Wen Jiabao, aprobó un plan de desarrollo que prevé aumentar la capacidad de generación de energía nuclear china hasta los 40 millones de kilovatios, un 4% del total, para el año 2020. Para lograrlo se construirá una planta cada año con una capacidad de producción de 1,8 kilovatios. Además, en noviembre, la Administración china anunció la construcción de la que será una de las mayores plantas de producción de energía solar del mundo. En total, el ejecutivo chino tiene previsto invertir 765 millones de dólares en la planta, que tendrá 100 megavatios de potencia y se situará en Dunhuang, una ciudad situada en la provincia de Gansu, en el noroeste del país. Los planes del Ejecutivo chino marcan como objetivo para el año 2020 aumentar la proporción de energía renovable que se consume hasta el 16% del total.

Relaciones China - EEUU
Hoy en día las relaciones entre Washington y Pequín son mejores de lo que se preveía con la llegada al poder de la Administración Bush en 2001. El Ejecutivo norteamericano del actual presidente definía al gigante asiático en los primeros meses de Gobierno como un “competidor estratégico” de EE.UU., en lugar de un “socio estratégico”, término utilizado por la Administración anterior. La posición estadounidense con respecto a China era muy severa, ya que se consideraba al país asiático como “una amenaza potencial de primer orden para la paz y la estabilidad en Asia e incluso para la supremacía militar de EE.UU. en el mundo”. Por este motivo, EE.UU. defendía una política estadounidense en Asia centrada en un mejor despliegue militar de EE.UU. en la región, en un mayor apoyo político y militar a Taiwán y en un fortalecimiento de las relaciones con los aliados (Japón, Corea del Sur, Filipinas y Singapur) en detrimento de la política del Ejecutivo de Clinton, considerada como excesivamente centrada en China. El constreñimiento e incluso la contención del gigante asiático eran defendidos firmemente en la conocida “tesis Armitage/Wolfowitz” –por el subsecretario de Estado, Richard Armitage, y el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz–.

En abril de 2001, un incidente entre un caza chino y un avión de reconocimiento EP-3 de EE.UU. tensó aún más las relaciones entre las dos potencias, ya que obligó al comando estadounidense a posarse en la isla de Hainan. En ese momento, George Bush llegó a anunció que haría “todo lo necesario” para defender Taiwán. Aún así, los atentados terroristas del 11-S marcaron un antes y un después en las relaciones bilaterales, que han mejorado de notablemente hasta que, a finales de 2003, se afirmó que estaban en su mejor momento desde 1972. La colaboración bilateral en la lucha internacional contra el terrorismo, un relativamente menor apoyo estadounidense a Taiwán y la importancia que ha adquirido China para EE.UU. en el tratamiento de la crisis nuclear de Corea del Norte han sido los principales responsables de fortalecer los contactos entre los dos Estados. Hoy en día, aseguran los expertos, la relación es estable y las visitas oficiales y los contactos entre los dos Gobiernos han proliferado en los últimos cuatro u cinco años.

Este año, las dos Administraciones han estado trabajando para establecer un “teléfono rojo” entre sus ministerios de Defensa. El establecimiento de la línea telefónica directa entre los responsables de defensa de los dos países ha sido uno de los grandes objetivos norteamericanos después de la crisis en las relaciones militares bilaterales de 2001 a raíz del accidente mencionado anteriormente entre un caza chino y un avión de reconocimiento EP-3 de EE.UU. Aunque todavía no se ha llegado a un acuerdo, la prensa china estima que las conversaciones sobre un posible “teléfono rojo” podrían dar resultado en los primeros meses de 2007.

Relaciones China - Taiwán
La moderación y la prudencia en el apoyo de EE.UU. a Taiwán se ha puesto de manifiesto a finales de enero de este año, cuando Washington lanzó un toque de atención sin precedentes a Taiwán, después de que éste propusiera eliminar la principal institución de la isla dedicada a estudiar una eventual reunificación con el continente (Consejo de Reunificación Nacional). El Departamento de Estado norteamericano alertó al presidente taiwanés, Chen Shui-bian, de que, aunque siempre ha apoyado el ‘statu quo’  de la isla respecto a China, en ningún caso significa que apoye la independencia de la isla y recordó que la política del Ejecutivo de Bush está regida por la idea de la existencia de una única China. La Republica Popular, por su parte, pidió en mayo de este año a Washington que deje de vender armamento a Taiwán, una petición que por el momento no ha sido satisfecha.

Las relaciones entre China y Taiwán han sufrido un duro revés este año a raíz del cierre del Consejo de Reunificación Nacional. El presidente de la isla advirtió a finales de enero de la intención de acabar con el organismo, a pesar de la clara oposición de EE.UU. y bajo la amenaza militar de Pequín, que alertó de la crisis que podía desatar una decisión así. Un mes después, el líder taiwanés cerraba el Consejo de Reunificación Nacional amparándose en el principio democrático de que la soberanía de las naciones reside en las manos del pueblo. Una decisión que, según , pone en peligro la estabilidad de toda la región.
Las contraofensiva de la República Popular a lo largo del año se ha traducido en intentar aislar a Taipei y establecer y fortalecer relaciones diplomáticas y económicas con aliados tradicionales de la isla. En abril, Pequín exigió al Vaticano –el único país europeo que reconoce Taiwán como Estado- que rompiera las relaciones con Taiwán para poder restablecer relaciones diplomáticas entre la República Popular y la Santa Sede, rotas desde 1951. Las tensiones existentes entre los dos países se han puesto de manifiesto este año a raíz de la ordenación por parte de China de tres obispos sin la aprobación tácita del Vaticano. En junio, una delegación del Vaticano visitó Pequín por primera vez en cinco años, pero las posiciones siguen siendo opuestas.
China también ofreció una colaboración estratégica a los pequeños Estados del Pacífico, reunidos en la cumbre regional celebrada en Fiyi en abril de este año, basada en ayudas al desarrollo económico a cambio de energía y de que rompieran toda relación con Taiwán. El paquete de ayudas incluía préstamos preferenciales por valor de 375 millones de dólares para el desarrollo de recursos, agricultura y turismo, junto con la abolición de las tasas de aduanas para la entrada al mercado chino de los productos procedentes de los países más pobres del Pacífico.
La política taiwanesa de Pequín ha sido siempre muy conservadora y China ha reiterado siempre y constantemente su posición: no hay más que una China en el mundo, que agrupa a Taiwán y al continente, y la soberanía e integridad territoriales son inseparables. Sin embargo, Pequín parece consciente de las graves consecuencias de un conflicto y ensaya otras opciones. La apuesta comercial es la más intensa: el comercio entre Taiwán y China (pasando por Hong Kong) ascendió a 63,48 millones de dólares en 2004, con un crecimiento del 36,2% en un año.
Los taiwaneses más o menos residentes en el continente se aproximan al millón de personas (Taiwán cuenta con 23 millones de habitantes) y entre dos y tres millones de taiwaneses van y vienen a China cada año. Ellos han visto con buenos ojos la posibilidad de los lazos aéreos directos durante tres semanas y con motivo del año nuevo lunar para facilitar la reagrupación familiar por tercer año consecutivo. Además, en junio de este año, las dos partes llegaron al acuerdo de incrementar la conexión aérea entre el continente y la isla, mediante vuelos chárter, a un total de cuatro fiestas nacionales. Aunque los aviones no pueden volar directamente entre la República Popular y Taiwán (tienen que hacer escala en un tercer país o en Hong Kong y Macao), el acuerdo es un paso adelante para establecer enlaces aéreos fijos. En julio, después de57 años, entró en funcionamiento el primer vuelo de carga directo entre ambas regiones, motivado principalmente por las relaciones económicas.
Una de las zonas con potencial económico y con un gran interés estratégico por parte de las dos potencias es el Estrecho de Taiwán. China aprobó en marzo de este año una propuesta para crear la denominada “Zona Económica de la Riba Occidental del Estrecho de Taiwán”, una zona de libre comercio para desarrollar la provincia de Fujian, en la región del Xiamen, con el objetivo de que pueda competir con los deltas de los ríos Yangtze y de las Perlas, y con Taiwán. El proyecto significa un movimiento claro hacia un proceso de reunificación pacífico entre la isla y el continente. En julio de este año, el Ejecutivo de Taipei rebajó las restricciones económicas en el estrecho. El primer ministro taiwanés, Su Tseng-chang, afirmó a finales de noviembre que los lazos entre los dos lados del Estrecho de Taiwán beneficiarían a Taiwán y se comprometió a incrementarlos y a fortalecerlos. Su admitió también que, en vista del rápido crecimiento económico de Hong Kong y de Singapur, Taiwán debía considerar si adoptar o no una política más abierta respecto a los lazos del Estrecho. Sin embargo, el presidente Chen Shui-bian se ha mostrado reiteradas veces reticente a liberalizar las relaciones económicas con China, argumentando que la economía de la isla empieza a depender en exceso de su vecina.

 


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