Anuario 2006

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La batalla por la flexibilización del yuán


Canadá, México, China, Hong Kong y Japón suman la mitad de las transacciones comerciales de EE.UU. Entre ellas, destaca la relación comercial con China, que ha ido a más en los últimos tiempos y que también batió récords en 2006. En los diez primeros meses, China (281.000 millones de dólares comerciados con EE.UU.) adelantó a México (278.000 millones) en la cifra de negocio con la principal potencia mundial. El secretario del Tesoro de EE.UU., Hank Paulson, declaraba en una entrevista para la revista “Financial Times”, en septiembre, que EE.UU. tenía con respecto a China una estrategia a largo plazo que consiste en considerar al gigante asiático como una de las economías que liderará los negocios mundiales en el futuro. En el viaje que hizo Paulson a Pekín en diciembre, acompañado por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, se vio claramente cuál era el objetivo estadounidense en relación al gigante asiático: tratar de reducir el desequilibrio comercial entre ambos países exigiendo la flexibilización del tipo de cambio del yuan. El desequilibrio entre ambos también batió un récord en 2006: 229.000 millones de dólares. Además se había de conseguir que China jugara con las mismas reglas que el resto de potencias integradas en la Organización Mundial del Comercio (OMC).
Esto último era una de las premisas para ayudar a fortalecer el dólar. Bernanke se había mostrado complaciente con la debilidad del dólar en un primer momento como factor de competitividad de EE.UU. en el exterior, pero Paulson inició en 2006 políticas para recuperar el valor del billete verde. Precisamente, uno de los golpes que sufrió el dólar en 2006 vino del gobernador del Banco Popular de China, Zhou Xiaochuan, que declaró que China había alcanzado la cifra récord de un billón de dólares en reservas internacionales y que estaba considerando diversificar sus reservas con otras divisas, como el yen japonés. Esto causó inquietud en los inversores porque si el gigante decidiese vender dólares, y activos financieros nominados en dólares, en gran cantidad, esto provocaría un desplome todavía mayor de la moneda. Zhou desmintió, más tarde, que China quisiera vender dólares, pero el daño ya estaba hecho y aumentó el escepticismo con respecto al dólar.
Los fabricantes estadounidenses sostenían que el yuan se mantenía débil de una manera artificial y que de esta manera el Gobierno chino potenciaba las exportaciones. El problema estaba en que esta debilidad de la moneda china complicaba que EE.UU. dispusiera de una cuota de mercado aceptable en el país asiático, cosa que aumentaba el desequilibrio comercial con este país. La preocupación que había en Washington por el gran superávit comercial chino hizo enviar a su delegación económica más potente. Pero el acuerdo que consiguió, explicado por Paulson dos días después de su llegada, consistía en que EE.UU., el principal consumidor mundial, se comprometía a ahorrar más, y China, el principal exportador del mundo, prometía aumentar sus importaciones. Según Paulson, China prometió flexibilizar más el tipo de cambio del yuan (ya se empezó a hacer el año pasado). El pacto con China también incluía que la Bolsa de Nueva York y Nasdaq abrirían oficinas en este país. Pero desde EE.UU., había quien ya hablaba de competencia desleal y de una valoración del yuan por debajo de su valor real de más del 40 por ciento, “subsidio de hecho” en palabras del propio Bernanke.
Pocos días después del viaje, una firma de EE.UU., Westinghouse, logró un contrato nuclear de 8.000 millones de dólares con China, después de haber pugnado durante dos años con una compañía francesa y con otra rusa, para construir cuatro reactores de uso civil. El desequilibrio empezaba a disminuir.

 


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