Anuario 2008

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Estados Unidos
Obama llega al rescate de un país en crisis y desencantado
Bush también suspende en política exterior en su último año de mandato


Finalizó el último año de George Bush al frente de la presidencia del Gobierno de Estados Unidos y la dañada imagen de la diplomacia estadounidense no pudo recuperarse. Su legado consistió principalmente en dos guerras empantanadas, en Iraq y Afganistán;  un  retroceso en las relaciones con Rusia, rival militar y estratégico; la insistente negativa de Irán a detener su programa de enriquecimiento de uranio; y el fallido intento de dar solución al conflicto palestino-israelí.
Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York habían supuesto una redirección de la política internacional de EE.UU. La guerra contra el terror era el epicentro: el terrorismo islamista se convertía en el principal enemigo contra la seguridad nacional estadounidense y la colectiva mundial, al igual que el comunismo lo había sido en la Guerra Fría. Esta vez la estrategia no estuvo bien planteada, ya que el enemigo no era un Estado concreto, sino el terrorismo, una amenaza difusa, informal y deslocalizada.
El claro ejemplo de su fracaso fue la invasión de Afganistán en octubre de 2001. Siete años después de su inicio, en 2008, la guerra contra los talibanes y las milicias de al-Qaeda (asentadas principalmente en la frontera con Pakistán) vivió uno de los peores recrudecimientos. Las tropas estadounidenses sufrieron 500 ataques de media al mes. El peor dato se lo llevan los civiles muertos: 1.445 habían fallecido hasta agosto, lo que supone un 39% más frente al mismo período del año anterior, según datos la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay.
    La insurgencia talibán se hizo más fuerte en sus tradicionales bastiones en el sur y el este del país, y además avanzó posiciones hacia las provincias que rodean la capital, Kabul.
Ante un panorama tan desalentador, en agosto, el Pentágono reformuló la Estrategia Nacional de Defensa: ganar las guerras de Iraq y Afganistán no “supondrá una victoria” en sí misma, sino que el verdadero reto al que se enfrenta Estados Unidos es una “larga guerra” contra la “amenaza del terrorismo”, calificada de “conflicto irregular”. Esta rectificación, que llegaba con casi dos legislaturas de retraso, puso en evidencia la necesidad de renovar las alianzas diplomáticas como una de las vías más plausibles para alcanzar una solución.
La Administración Bush empezó a trabajar para mejorar las relaciones entre los gobiernos paquistaní y afgano. Islamabad es considerado el aliado clave para ganar la guerra, ya que los militantes de Al Qaeda encuentran un santuario en su territorio, y es ahí donde estaría escondido Bin Laden.
Además de la mayor colaboración entre ambos Estados, el secretario de Defensa, Robert Gates, admitió que 'parte de la solución podría ser la reconciliación con gente que está dispuesta a trabajar con el Gobierno afgano', tal como se llevó a cabo en Iraq. El recurso al diálogo y a las negociaciones empezaba a cobrar mayor fuerza que el uso de la fuerza unilateral, fallida hasta entonces.
Sin embargo, sobre el terreno, el Ejército estadounidense no dudó en violar la soberanía nacional de Pakistán y, a lo largo del año, realizó numerosos ataques aéreos en territorio paquistaní contra objetivos talibanes. Estas acciones enfriaron las relaciones diplomáticas con Asif Ali Zardari, el nuevo presidente de Pakistán. A la espera de la toma de posesión del nuevo presidente de Estados Unidos, en 2009, la colaboración entre Pakistán y Estados Unidos quedó en un punto muerto.
Ahora bien, el propio Zardari pidió a Washington apoyo en la lucha contra el tráfico de drogas afgano. En octubre, la OTAN aprobó la iniciativa estadounidense para que las fuerzas internacionales puedan participar en operaciones antidroga junto al Ejército de Afganistán. La mafia del narcoterrorismo talibán ingresa entre 60 y 80 millones de dólares al mes con el cultivo y la transformación de opio en heroína en laboratorios afganos, según datos de Estados Unidos.

Iraq, la victoria que no llega
George Bush se despidió del conflicto iraquí con un “mea culpa” (sin consecuencias) al reconocer que el inicio de aquella guerra había sido un error y que los informes del servicio de inteligencia sobre armas de destrucción masiva en aquel país eran falsos.
En la misma entrevista concedida a ABC News, el republicano también reconoció que cuando se convirtió en presidente el año 2001 no estaba preparado para la guerra. Cuando le preguntaron por qué no se había retirado de esta, el mandatario dijo sentirse “orgulloso de no haber retirado de manera prematura las tropas en Irak”.
Sobre el terreno, esta voluntad se plasmó en la ampliación de la permanencia de las tropas estadounidenses hasta 2011. El mandato expiraba a finales de 2008, pero la falta de un gobierno iraquí estable no aseguraba una democracia fuerte, independiente de la influencia iraní, y que fuese un aliado estratégico de EE.UU. en la zona.
La fórmula de integrar a kurdos, chiíes y suníes (vista como una imposición estadounidense a los ojos de los grupos armados de oposición) no tiene visos de prosperar: los kurdos quieren la autonomía jurídica en el territorio del Kurdistán (en el norte de Iraq), y existen profundas diferencias religiosas entre la mayoría chií y la clase suní gobernante hasta la caída de Sadam Husseim, en 2003.
De nuevo en 2008, el principal frente de resistencia lo abrió el clérigo chií Muqtada al-Sadr. Sus seguidores se hicieron fuertes en la ciudad de Nayaf (160 kilómetros al sur de Bagdad), y la lucha contra el ejército invasor se hizo constante. Ante las oleadas de atentados, el presidente iraquí, Nuri al Maliki, tuvo que imponer dos toques de queda, hasta que finalmente Maliki y Sadr alcanzaron una tregua.
Igualmente, la ciudad de Faluya (situada 63 kilómetros al oeste de Bagdad), de mayoría suní, se levantó contra el Ejército estadounidense. Las tropas de ocupación tuvieron que recurrir a las autoridades religiosas del lugar para que mediasen. Posteriormente, las fuerzas estadounidenses se retiraron y dejaron como responsables de la seguridad de la ciudad a antiguos militares del régimen de Sadam Hussein, un giro sorprendente respecto a la estrategia inicial de Estados Unidos de apartarles del poder.
Esta nueva estrategia consiste en pagar salarios mensuales a las milicias suníes para combatir a al-Qaeda y reforzar así la seguridad. El defensor de esta idea fue el general David Petreus, responsable de las tropas estadounidenses en Irak desde 2007 hasta septiembre de 2008. Sin embargo, no tuvo un buen recibimiento por parte de Maliki, que considera peligroso armar a la minoría suní, un sector que no ve con buenos ojos al presidente chií.  
En cuanto al acuerdo de ampliación de la permanencia estadounidense en Iraq, Maliki lo vendió a la opinión pública como el establecimiento de un plazo fijo para la retirada de tropas estadounidenses en vez de como un alargamiento del mandato de aquellas. Además, el propio Maliki firmó una cláusula que permitirá a la gran potencia mantener en el territorio iraquí sus bases militares una vez concluya la retirada. Bajo el discurso de que se trata de una presencia tolerada, varias bases estadounidenses tendrán absoluta inmunidad frente a las leyes iraquíes. Este espectacular enclave geoestratégico en Oriente Próximo era uno de los principales objetivos de Estados Unidos.
El acuerdo no fue bien recibido en Iraq, donde volvió a agitar a los opositores contra el invasor. Miles de manifestantes aliados del clérigo Muqtada al Sader salieron a las calles para protestar. Tampoco le hizo gracia a la mayoría de la población estadounidense, harta de una guerra de cinco años con altos costes económicos y una lista de víctimas mortales que no para de crecer (más de 4.000 soldados estadounidenses desde la invasión).
Esta fue una de las prioridades que llevaron a los estadounidenses a elegir en las elecciones presidenciales del 4 de noviembre a Barack Obama. El entonces candidato demócrata en las primarias había prometido la retirada de Iraq en 16 meses. Una vez elegido presidente, reafirmó su propósito, aunque sin dar una fecha exacta, que sería consultada con los mandos militares de la zona.
La Administración de George Bush había demostrado que la lección de Vietnam no estaba aprendida puesto que se volvieron a cometer varios errores de fondo: la falta de una previsión realista de los objetivos que se pueden alcanzar; considerar que la única solución es la victoria; y, sobre todo, olvidar la importancia del respaldo popular interno.

El resurgimiento de potencias regionales
La hegemonía estadounidense (militar, económica, cultural y tecnológica) no entró en entredicho a pesar de la mala gestión de Bush en la esfera internacional. Sin embargo, su papel de líder y modelo mundial perdió fuelle, y potencias como Rusia y China ampliaron sus áreas de influencia.
La temida expresión “Guerra Fría” volvió a sonar ante la escalada de tensión diplomática entre Washington y Moscú. Los acuerdos bilaterales que EE.UU. firmó con Polonia y la República Checa para instalar escudos antimisiles en sus territorios fueron interpretados por Rusia como una amenaza y una intromisión en lo que sería su “patio trasero” (en referencia al área de influencia rusa durante la Guerra Fría). Como respuesta, el presidente ruso, Dimitri Medvedev, anunció el despliegue de misiles en la frontera con esos dos países, si no se cancelaba el establecimiento de los escudos.
El otro gran choque se produjo a raíz de la guerra entre Rusia y Georgia, en agosto. La intervención militar georgiana en Osetia del Sur “para restaurar el orden constitucional”, según el presidente de Georgia, Mijail Saakashvili, supuso un regalo para Rusia, que movilizó a sus tropas en defensa de los surosetos, en un alarde de fuerza y de poder en la zona. El conflicto benefició al Kremlin que, de esta forma, devolvía con la misma moneda a EE.UU. y a Europa el reconocimiento de Kosovo (provincia serbia que había declarado unilateralmente su independencia meses antes); y también que Estados Unidos estuviese negociando una posible ampliación de la OTAN (que nació como una alianza para la seguridad europea y occidental frente a la Unión Soviética) con países del “patio trasero” de Rusia, como Georgia y Ucrania.
Estados Unidos apoyó económica y logísticamente al Gobierno prooccidental de Saakashvili, y encomendó a Condoleeza Rice, la secretaria de Estado estadounidense, la tarea diplomática. Ella fue la encargada de presionar al Gobierno de Tiflis para que firmase el plan de paz elaborado con el presidente de turno de la UE y presidente francés, Nicolás Sarkozy, quien llevó el mando de las negociaciones.
Rusia no solo recuperó posiciones en su área de influencia, sino que se lanzó a la búsqueda de alianzas con los países del “patio trasero” de Estados Unidos. La presencia rusa en Latinoamérica se centró en ayuda militar a Venezuela, Bolivia y Cuba, principalmente.  Además, a estos países los une su confrontación ideológica al “american way of life” y su rechazo al “imperialismo norteamericano”.
Entre Moscú y Caracas destacaron, especialmente, tres acuerdos: uno de ellos estableció que el país latinoamericano obtendrá cooperación y tecnología rusa para el desarrollo de energía nuclear; el segundo, la creación de un consorcio ruso de cinco empresas de hidrocarburos (Rosneft, Lukoil, Gazprom, TNK-BP y Surguneftgaz) para llevar a cabo negocios petroleros con Venezuela; y el tercero, la realización conjunta de maniobras aeronavales en el mar Caribe, adonde se desplazó la flota rusa. A ello se añade la continua compra de armamento ruso por parte del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. En los últimos tres años, la factura ascendió a 4.500 millones de dólares  en bombarderos, helicópteros, aviones de transporte y fusiles de asalto.
En el caso de China, que utiliza las transacciones comerciales como eje de su política exterior, la principal amenaza para EE.UU. continuó siendo el crecimiento de su economía, que ya ocupa el segundo puesto mundial. A lo largo de 2008, el Gobierno de Hu Jintao se lanzó a la conquista de nuevos mercados, principalmente en África y América Latina, para satisfacer su demanda interna y asegurarse las materias primas que necesita para su industria. China es ya el primer importador de acero, cemento y cobre en el mundo.
La otra potencia regional que preocupa a Washington es Irán, debido a su programa de enriquecimiento de uranio, que estaría siendo utilizado para desarrollar armas nucleares, como asegura la comunidad internacional.
El Consejo de Seguridad de la ONU (del que forma parte Estados Unidos como miembro permanente) más Alemania (el grupo 5+1) ofreció al Gobierno iraní de Mahmud Ahmandineyad cooperación económica y política, así como no imponerle nuevas sanciones, a cambio de la suspensión de sus proyectos energéticos y de la instalación de más centrifugadoras nucleares. Ante la falta de acuerdo, EE.UU. amplió las sanciones económicas y, a partir de noviembre, los bancos estadounidenses suspendieron toda transacción relacionada con cuentas iraníes, con el objetivo de aislar su sector financiero.
La falta de progreso en las negociaciones puso sobre la mesa la necesidad de impulsar un diálogo directo entre Estados Unidos e Irán. Una de las voces que abogó por él fue la del presidente electo, Barack Obama, quien, sin embargo, tampoco descartó cualquier otro tipo de intervención en caso de que fuese necesaria.
Por su parte, Corea del Norte fue el único que concedió una tregua a Estados Unidos y, finalmente, dio marcha atrás en su carrera armamentística. En octubre, Washington y Pyongyang alcanzaron un acuerdo en el marco de las negociaciones a seis bandas que habían mantenido desde 2003 Estados Unidos, Rusia, Japón, China, Corea del Sur y Corea del Norte. El régimen de Kim Jong Il se comprometió a cerrar su principal reactor nuclear en sesenta días y a permitir las inspecciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA); a cambio, recibirá una primera entrega de 50.000 toneladas de petróleo, al finalizar ese período, que llegará a un total de un millón cuando desmantele todas sus centrales nucleares.

Sin solución al conflicto palestino-israelí
Una vez más, un presidente de Estados Unidos fracasó en su intento de lograr una paz para el conflicto palestino-israelí. “Estados Unidos hará y yo haré, todo lo que podamos para lograr un acuerdo de paz que defina un Estado palestino para fin de año”, anunció el presidente de Estados Unidos, George Bush, el 28 de enero de 2008, en su último discurso sobre el Estado de la Nación.
Las mismas prisas que en su día tuvieron George Bush padre y Bill Clinton para cerrar un acuerdo antes de finalizar sus mandatos, las vivió George Bush hijo a lo largo del año. Tanto él como la secretaria de Estado, Condoleeza Rice, se esforzaron al máximo para que ambos bandos cumpliesen las bases del proceso de paz que se habían establecido en la Conferencia de Annapolis (Maryland), el 27 de noviembre del año anterior.
En ella se sentaron el primer ministro de Israel, Ehud Olmert; el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas; su homólogo estadounidense, George Bush, así como representantes de China, Rusia, las Naciones Unidas, la Unión Europea y la Liga Árabe, además de los cancilleres palestino e israelí, Salamm Fayyad y Tzipi Livni, respectivamente.
Las premisas de partida eran buenas dado que los líderes israelíes reconocerían un Estado palestino, pero enfrente tenían varios obstáculos que se mostraron insalvables: el rechazo de los judíos más ortodoxos a la cesión de una parte de Jerusalén para una futura capital palestina; el enfrentamiento entre los propios palestinos (la Autoridad Nacional Palestina que gobierna en Cisjordania y el Movimiento de Resistencia Islámico, Hamás, en Gaza) y la caída del presidente israelí Ehud Olmert, con el consiguiente ascenso de Tzipi Livni como primera ministra y la convocatoria de elecciones para 2009, al verse incapaz de formar un gobierno.
El retorno a las negociaciones tendría que esperar, por tanto, a la celebración de las elecciones en Israel y Palestina, ya con el nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Significativamente, los estadounidenses de confesión judía se decantaron en un 74% por el senador de Illinois.

 


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