Anuario 2002

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Asia Central
Asia Central
El año en que Estados Unidos se asentó en el patio trasero ruso, chino e iraní
Asia Central, cruce de caminos

El cruce de civilizaciones que históricamente siempre ha sido Asia Central es uno de los factores que tener en cuenta para explicar por qué estos territorios son étnicamente tan ricos, aunque ello signifique el origen de muchos de los conflictos que sufre en la actualidad.

Desde hace más de 3.000 años, la región centroasiática ha sido el paso por el que los grandes imperios occidentales y orientales se han expandido territorialmente. Ya en el siglo IV a. C. el Imperio Persa se ubicaba en el actual Irán y se extendía cerca del Caspio, dejando población étnicamente persa en estas zonas. Posteriormente, la caída de los persas en manos de Alejandro Magno (333 a. C.) hizo que se introdujera la cultura helénica en la región. Unos mil años más tarde, la gran expansión del Islam árabe de los omeyas introdujo la doctrina anunciada por Mahoma en una zona que había estado apartada de las grandes religiones asiáticas y occidentales. Años más tarde, la división de la fe musulmana entre suníes (que agrupan el 85 % del total de creyentes) y la chií (mayoritaria en Irán y el Líbano, y con presencia en Irak, Pakistán, India y Bahrein) también afectó a la zona e hizo que los antiguos grupos étnicos persas adoptaran el chiísmo -excepto el actual Tayikistán, que tiene cultura y lengua persa pero no es chií- frente al sunismo mayoritario.

La invasión de las hordas mongolas de Gengis Khan (s. XIII d. C.), provenientes de las estepas asiáticas, no hizo tambalear el equilibrio religioso –los mongoles respetaron la religión de los pueblos que conquistaban e incluso muchos de ellos se convirtieron al Islam-, pero desplazaron población étnicamente mongola a la zona, y en la actualidad los antiguos nómadas de la estepa están asentados en Kazajstán y Kirguistán. Ya en el siglo XV, la toma de control de las tierras del Islam por parte de los turcos otomanos hizo que se repitieran otras migraciones de población de etnia túrquica, que se asentaron en países como Turkmenistán, Azerbaiyán o también en Uzbekistán, aunque las constantes migraciones hicieron que las poblaciones estuvieran mezcladas. A estos movimientos de población también hay que sumar que el territorio de Asia Central estaba cruzado por la conocida Ruta de la Seda y sus importantes ciudades, que albergaban comerciantes y viajeros provenientes de muchos lugares, como comunidades chinas, alemanas, coreanas o judías.

Así pues, la zona centroasiática está divida por un conjunto de pueblos y tribus étnicamente distintas, y con distintas maneras de interpretar el Islam. Ya en el siglo XX, la revolución islámica de Jomeini (1979) hizo cuestionar la primacía de Arabia Saudí – guardiana y protectora de los lugares santos de La Meca y Medina- frente a chiísmo revolucionario de Irán, al que siempre había considerado como hereje. Para no perder este liderazgo en el mundo musulmán, los monarcas saudíes quisieron propagar, gracias el dinero obtenido por la venta de petróleo, su visión del Islam suní, el wahabismo. El wahabismo es la doctrina defendida por los discípulos de Ibn adb el Wahhab (1703-1792), predicador rigorista cuya influencia predomina en el Islam saudí y que exige un férreo control de las costumbres coránicas por parte de los creyentes. Son los religiosos wahabíes saudíes los que promulgan mandatos islámicos, algunos considerados fundamentalistas desde Occidente y dentro del propio Islam, amparándose en el hecho de ser los protectores de los Santos Lugares. Una de las zonas en la que los saudíes trataron de no perder su influencia fue en Afganistán (vecino de Irán), mediante la masiva financiación de los muyahidines durante la resistencia contra la invasión soviética; y la península del Indostán, donde la escuela wahabí se mezcló con la deobandi, nacida en los actuales Pakistán e India y que había surgido como movimiento de resistencia a la colonización británica. Esta escuela wahabí, promocionada y financiada por Arabia Saudí, es una de las causantes de la radicalización de los islamistas en Pakistán, donde se formaron los talibán afganos, que posteriormente aplicaron al máximo la interpretación wahabí del Corán.

Aunque la introducción de esta tendencia dentro del Islam suní al sur de Asia Central fue un hecho insólito, la composición étnica del resto de la región y su forzado aislamiento del mundo islámico general al estar dentro de la URSS, hizo que los territorios restantes evolucionaran durante la segunda mitad del siglo XX de una manera diferente. Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, Stalin redistribuyó la antigua provincia zarista del Turkestán Oriental para dividirla en las cinco repúblicas que hoy existen: Turkmenistán, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayiskistán. Esta división administrativa del territorio se llevó a cabo sin tener en cuenta la composición étnica ni la historia de la zona, lo que comportó que, por ejemplo, los tayikos estén más presentes en repúblicas vecinas que en Tayikistán.

Los pueblos de toda esta zona de Asia Central eran conocidos por su tolerancia religiosa y de hecho fue de donde, en el siglo XVIII surgió la corriente jadidista, secta intelectual que quería llevar el Islam a la modernidad. Esta amalgama de pueblos y de interpretaciones del Corán profesaba mayoritariamente la confesión suní del Islam. Pese a esta historia de tolerancia religiosa, la brutal represión sobre las prácticas religiosas llevadas a cabo durante y tras el régimen comunista –la práctica del Islam estaba prohibida y las mezquitas existentes eran clandestinas- hizo que, una vez caído el comunismo, aparecieran movimientos que querían recobrar las raíces musulmanas de Asia Central y que, financiados por Arabia Saudí, abrazaron la interpretación de la secta wahabí del Islam. Como consecuencia de la llamada a la violencia que promulgaban algunas de las formas de fundamentalismo islámico árabe, Asia Central mayoritariamente rechaza esta interpretación férrea del Islam y los grupos wahabíes son considerados una amenaza por los dirigentes ex comunistas y los partidos islámicos forjados durante la clandestinidad. Enlazada étnicamente con Turquía, estos países son, en muchos casos, sunies de la escuela sufí, es decir, místicos del Islam.

Pese a esta creciente influencia de los árabes saudies y su wahabismo, muchas comunidades locales rechazan su dominio. Este conflicto se reproduce, a escala, en la guerra étnica de Afganistán, donde el sur, donde es mayoritaria la etnia pastún, de influencia árabe y de donde aparecieron los talibán, se enfrentó a los pueblos del norte (uzbekos y tayicos) de influencia centroasiática y turca, y a la comunidad hazara afgana, de etnia persa y chií.

A esta complicada mezcla de corrientes, de rivalidades religiosas y étnicas hay que sumar que en toda Asia Central existen comunidades judías y en países como Kazajstán, conviven grandes comunidades de antiguos colonos y funcionarios rusos, de etnia eslava y de confesión cristiana ortodoxa, que emigraron a estos territorios debido con la repoblación de territorios; y descendientes de los pueblos que, los zares primero y Stalin posteriormente, desplazaron de sus tierras históricas como venganza por su oposición al dominio ruso, como fue el caso de los chechenos o los cosacos tras la Segunda Guerra Mundial.


 


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